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- Las Fisuras del Feminismo
Por Josefina Fernández
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- Resignificacion de las Identidades de Género
Por Gloria Careaga
- Los Límites de Género:
Apuntes sobre la Discusión Sexo-Género y Desafíos en Torno a la Diversidad Sexual
Por Paula Sandrine Machado
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La Paradoja Transgénero
Por Mauro Cabral
- Perspectiva de Género y ¿Las Masculinidades?:
Reflexiones en Torno a Un Libro sobre Masculinidad y Violencia Conyugal.
Por Juan Carlos Callirgos
Desarrollo Artículos
LAS FISURAS DEL FEMINISMO
Por
Josefina Fernández
Introducción
A
mediados de los 80, parecía un hecho totalmente reconocido en el
ambiente angloamericano la “crisis” en el feminismo. Las corrientes de
pensamiento dominantes procuraban consolidarse y el impacto de la teoría
psicoanalítica francesa cambiaba los términos del debate en el mismo ambiente.
El
feminismo radical era discutido en los círculos feministas socialistas de
Inglaterra y, en los EEUU, el radicalismo feminista se transformaba en un
feminismo cultural que celebraba lo “femenino”. Las feministas socialistas
construían su propia postura política, separada de la ortodoxia marxista y las
feministas negras y lesbianas se organizaban sobre la base de la raza y la
preferencia sexual. Muchos de los esfuerzos de éstas estuvieron orientados a
señalar los graves pecados del feminismo blanco, burgués y heterosexual. Fue
quizás la reunión de sus críticas, junto al advenimiento de lo que es conocido
como pensamiento posmoderno, lo que contribuyó al cuestionamiento que se hizo
al carácter excluyente de la categoría género y al mismo concepto de Mujer,
con mayúscula. Los debates sobre identidad y diferencia, el reconocimiento de
que no hay una Mujer universal por la que el feminismo pueda hablar, se
articulan en la crítica de éste como una de las grandes narrativas de la
modernidad, percibidas como potencialmente tiránicas y universalizadoras. Las
propias feministas habían quedado atrapadas en sus propias metanarrativas y
reclamos de verdad etno-heterocéntricas.
Tanto
la producción de las mujeres negras como de las lesbianas ha sido crítica en el
proceso de tomar en cuenta el efecto de otros factores sociales de carácter
totalizador sobre las mujeres. No obstante, unas y otras son en ocasiones estimadas
como responsables de las fragmentaciones devenidas en los 80 dentro de la
“unidad” del movimiento feminista. Esta unidad, sin embargo, se sostuvo a
expensas del ocultamiento de las mujeres negras, lesbianas y de clases bajas.
La suma de prefijos tales como negra o lesbiana al feminismo, indica
fuertemente el carácter excluyente que tuvo la corriente principal de la
segunda ola. Tales prefijos fueron medios necesarios para identificar aquellos
puntos de disputa alrededor de la política feminista e impugnar a un feminismo
que construía su agenda en torno a la experiencia blanca, heterosexual y de
clase media, agenda incompleta e inadecuada a la hora de dar cuenta de la
diversidad de la experiencia femenina.
Este
trabajo se propone presentar algunos de los cuestionamientos provenientes de
las mujeres al feminismo hegemónico; cuestionamientos con los que se inicia el
proceso de desestabilización de categorías tales como Mujer y género.
I
Haciendo
un poco de historia, debe consignarse en primer lugar el destacado lugar
jugado por el concepto de diferencia en todo el proceso a tratar ahora.
La llegada de este término a las filas del feminismo es relativamente reciente.
En efecto, las feministas de la llamada primera ola no usaban la palabra
diferencia, empeñadas como estaban en transformar el sexismo, el discurso
misógino convencional sobre los sexos, y conquistar así nuevas oportunidades
para las mujeres e iguales derechos que aquellos ejercidos por los varones. La
igualdad entre los sexos en términos legales, civiles, políticos y sociales fue
la gran reivindicación de este primer feminismo.
La
segunda ola fue, de alguna manera, la responsable de introducir el concepto de
diferencia. Fueron sus feministas quienes comenzaron a hablar de género como
categoría diferente de sexo. La distinción sexo/género fue verdaderamente
revolucionaria no sólo para el movimiento de mujeres sino también para las
ciencias sociales y el pensamiento en general. El enfoque de la diferencia
mostró su valor heurístico como productor de nuevos conocimientos sobre el
pasado de las mujeres, hasta el momento las grandes invisibles de la historia.
La avidez con que muchas teóricas e intelectuales acogieron la demanda por
explorar teórica y documentalmente la “diferencia” en clave de diferencia de
género, llevó a revisar la producción, fundamentalmente proveniente de la
antropología, la historia y la teoría literaria, realizada hasta el momento y
el sesgo androcéntrico presente en ella.
El
nuevo discurso feminista comenzó entonces a decir que las mujeres tenían
características específicas diferentes, pero no inferiores, de las de los
varones. De la androginia igualitarista de la primera ola se pasó a la
distinción de lo femenino y lo masculino. El género, construyendo lo femenino como
diferente de lo masculino, se impuso luego como categoría dicotómica referida
al dimorfismo sexual de la especie humana.
El
concepto “diferencia de género”, en aquel momento, parecía no tener otro
significado que el de discontinuidad entre dos géneros: la diferencia de género
era igual a la diferencia entre los géneros, masculino y femenino, pero solo
dos. Bastó pues que la segunda ola del feminismo descubriera y elaborase
entonces el concepto de género para que la afirmación de la diferencia de las
mujeres como diferencia de género se instalase ahí con todo su esencialismo.
Como señala Flavio Pierucci (1999), se trataba ahora de un diferencialismo
esencialista, aferrado a lo irreductible de una diferencia colectiva que,
aunque cultural, es irreductible. En otras palabras, al tiempo que se pretendió
des-biologizar a la mujer a través del concepto de género, ella resultó
esencializada. Fijando la mirada en la diferencia, continúa Pierucci, el
feminismo terminó fijando el esencialismo de una diferencia.
El
concepto de género como diferencia sexual, en términos de Teresa de Lauretis
(2000), pasó a confinar el pensamiento feminista crítico en el cuadro
conceptual de una oposición universal de sexo (la mujer como diferente del
varón, ambos universalizados o la mujer como diferencia pura y simple y, por
tanto, igualmente universalizante) o que volverá más difícil sino imposible
articular las diferencias entre “mujeres” y “Mujer”. Esto es, las diferencias
entre las mujeres o las diferencias en las mujeres. A partir de esta fijación
de la mirada en la diferencia, todas las mujeres serán diferentes
personificaciones de alguna esencia arquetípica de la Mujer o personificaciones más o menos sofisticadas de una femineidad metafísica-discursiva.
Sin
embargo, esta situación no pasó desapercibida para todas las mujeres
encolumnadas en el feminismo: las mujeres negras y también las lesbianas
hicieron escuchar tempranamente su voz[1]. La
vinculación más grande entre ellas fue su creciente convicción, durante los
primeros años de la segunda ola, según la cual la corriente feminista principal
excluía sus intereses. Ambos grupos lucharon por la visibilidad dentro de un
movimiento que decía abrazar sus intereses debajo del término hermandad,
pero que usaba como paradigma la experiencia de las mujeres blancas,
heterosexuales y de clase media.
II
Según
se consigna en algunos documentos, el movimiento feminista negro de los EEUU
comienza en 1973, después que una escritora, Doris Wright, convocara a un
encuentro para discutir la relación de las mujeres negras con el movimiento de
mujeres y que resultó luego en la conformación de la Organización Nacional de Feministas Negras en virtud de la imposibilidad de
acordar acciones conjuntas con las feministas blancas. Tanto esta organización
como su par británica (Grupo de Mujeres Negras) contribuyeron por
entonces a concienciar a las mujeres negras de la necesidad de organizarse
alrededor de cuestiones de etnicidad, además de las relativas al género, a los
fines de que el movimiento de mujeres atendiera a sus necesidades específicas.
La
feminista negra Bell Hooks señaló agudamente que el feminismo blanco era sin
duda racista en tanto asumía, sin cuestionamiento alguno, que la palabra mujer
era sinónimo de mujer blanca, dejando con ello a las mujeres de otras razas
ubicadas en el lugar del Otro, seres deshumanizados que no se incluían bajo el
encabezado Mujer. Bell Hooks y otras feministas negras declaran que un aspecto
intrínseco en la lucha de las mujeres negras en los EEUU desde los tiempos de
la esclavitud, ha sido aquella orientada a conseguir que se atribuyera a ellas
el mismo estatus de “mujer” que era otorgado, tanto material como
ideológicamente, a las mujeres blancas. La segunda ola de feministas blancas,
en su continuo uso retórico de los dos grupos, “mujeres” y “negros”, no tomó en
cuenta la especificidad de la identidad de las mujeres negras, al punto de que
éstas no pudieron presentar su identidad sin antes no comprometerse con la
lucha por la visibilidad de las mujeres blancas y de los varones negros.
Algunas feministas radicales blancas, por ejemplo Kate Millet y Shulamith
Firestone, establecerán por entonces analogías entre la posición social de las
mujeres y la posición de las minorías raciales y étnicas en la cultura occidental.
Ellas declaran de manera bastante categórica que fue el movimiento
abolicionista el que dio a las mujeres americanas la primera oportunidad de
acción y organización política.
El
emergente movimiento de mujeres y el movimiento antiesclavitud fueron vistos
como aliados mutuamente fortalecedores. No obstante, cuando ellas hablan de
mujeres se están refiriendo a mujeres blancas y la voz de las mujeres negras en
los encuentros y reuniones públicas era sistemáticamente silenciada. Su derecho
al sufragio no era equivalente al de las mujeres blancas. Como señala Bell
Hooks, cuando parecía que los varones negros podían ser beneficiaros del
derecho al voto antes que las mujeres blancas, se olvidaron éstas de toda
solidaridad política y urgieron a los varones blancos a la solidaridad racial
con ellas.
Por otro
lado, si bien muchas se unieron a favor del abolicionismo, el centro estuvo
puesto en conseguir el fin de la esclavitud y no se tuvo en cuenta la equidad
en el conjunto de las áreas de la vida social y política. Como sea, las mujeres
negras estaban atrapadas entre dos posibles elecciones: ellas debían elegir la
solidaridad racial o elegir la solidaridad sexual y, en cualquiera de los dos
casos, sólo se apuntaba a la mitad del problema. La experiencia había mostrado
que el feminismo solamente se refería a las necesidades de las mujeres blancas
y los derechos civiles apuntaban a combatir la subordinación de los varones
negros. En términos, otra vez, de Bell Hooks, en tanto el feminismo consideraba
análogo el término “mujeres” a mujeres blancas y el término “negro” a varones
negros, existió en el mismo lenguaje de un movimiento que decía combatir la
opresión sexista, una actitud sexista-racista hacia las mujeres negras. Hooks
nos dirá que aunque las feministas blancas asumían tácitamente que el hecho de
identificarse a sí mismas como oprimidas las liberaba de ser opresoras, ellas
lo eran y su racismo debilitaba su misma noción de “hermandad”, a la que las
mujeres negras no se sentían convocadas.
En
común con las mujeres lesbianas, las negras reconocían que las feministas
heterosexuales blancas concebían el movimiento de mujeres como propio y todas
aquellas que experimentaban otro tipo de opresión, además de la sexual, eran
consideradas como agentes que provocaban distracciones a lo que era el
principal cometido del feminismo. Esta homogeneización que se hizo sobre la
vida de las mujeres separó del feminismo a aquellas otras que se sentían más
afectadas por el racismo dentro de la sociedad occidental. Pero lo peor de
ello residió en no haber advertido que negar las diferencias entre las mujeres,
sean dadas por la raza o por cualquier otra razón, era participar de la misma
noción masculina de poder. La no consideración de otras jerarquías reproduce,
en vez de desmantelar, las bases mismas de la subordinación.
Las
feministas blancas, radicales y las socialistas, se comprometían
apasionadamente en la lucha contra el sistema dominado por los varones, lo
llamaran patriarcado o no, y en ese proceso atacaban instituciones tales como
la familia que, a su juicio, sostenían fuertemente dicho sistema. De manera
inversa, las feministas negras se posicionaban frente a una realidad en la que
la familia parecía ser el único refugio frente al sistemático racismo sufrido
en el ámbito público. Estas feministas combatían el mito y las ideologías que
presentaban a las comunidades negras como matriarcales en su organización,
donde “matriarcal” tenía por fin connotar un poder femenino material, no sólo
resultado de verdadera falta de “virilidad” masculina sino de haber privado a
los varones de su rol como cabeza de familia.
Los
análisis sobre la estructura matriarcal de la familia negra fueron muy extensos
en los años 60 y afroamericanas como Angela Davis discuten por entonces con tesis
como la sostenida por Daniel Moynihan, para quien los problemas económicos y
sociales de la comunidad negra están vinculados a esa misma estructura
matriarcal. Se señaló por entonces que los orígenes de este matriarcado estaban
en el trabajo que las mujeres negras desarrollaban durante el período de la
esclavitud, donde se las requería para desarrollar tareas que eran valoradas
habitualmente como masculinas desde el punto de vista de varones y mujeres
blancas. Como lo señala Bell Hooks, para explicar la habilidad de las mujeres
negras para sobrevivir sin ayuda de sus pares varones y para desarrollar tareas
que eran culturalmente definidas como masculinas, los varones blancos dijeron
que las mujeres esclavas negras no eran mujeres reales sino que eran criaturas
sub-humanas masculinizadas. No era improbable que los varones blancos temieran
que las mujeres blancas, testigos del trabajo que realizaban las negras,
desarrollaran ideas acerca de la igualdad entre los sexos y, así, alentaran su
solidaridad política con las negras. Si las mujeres negras fueron vistas como
una amenaza potencial, la situación económica real era que ellas constituían el
grupo económico y social más excluido de los EEUU. La tesis del matriarcado
negro podía avergonzar a los varones negros por sus pares masculinizadas pero
no a un sistema que hacía del colectivo femenino la fuerza de trabajo más
barata. Perspectivas tales como las de Moynihan encubrían, en realidad, una
gran desigualdad. Las feministas fracasaron en su hipótesis sobre la
institución familiar al no tener en cuenta las diferencias que asume ésta
cuando se la pone a jugar a lo largo de los ejes raza y/o clase.
En
el marco de estos debates, Bell Hooks propondrá cambiar el concepto de
“hermandad” por el de solidaridad, entendiendo que el primero encubre el
posible hecho de que una mujer puede oprimir a otra. Por otro lado, plantea que
el llamado a una hermandad que tiene en sus cimientos la común opresión de las
mujeres es un llamado a reconocer la naturaleza de la victimización y a
celebrar como víctimas, más que como rechazo, la posición de sujeto de las
mujeres.
Finalmente,
ese reconocimiento como víctimas conduce a la reproducción de aquel estereotipo
que excluía a las mujeres negras por su aparente fortaleza y capacidad
propositiva. Concentrarse en una concepción de las mujeres como víctimas impide
que éstas analicen la complejidad de sus propias respuestas a otras mujeres,
tanto como a otros varones. El feminismo negro ha crecido desde que empezó a
hacer escuchar su voz y ahora forma parte de importantes debates sobre la
teoría postcolonialista y sobre diferencia y etnicidad. La organización y el
activismo de mujeres afro-americanas han ayudado también a la organización de
otros grupos de mujeres no blancas y revisar con ellas el etnocentrismo y
racismo dominantes. La creación de espacios como éstos, en el interior de los
cuales se cuestionan nociones de diferencia e identidad racial, sexual y
económica dentro de la categoría “mujer”, ha impulsado al feminismo a nuevas preguntas
y nuevos trabajos en países con variedad de expresiones religiosas y culturales
III
Para
las feministas lesbianas, los problemas de la sexualidad femenina y las
imágenes sexualizadas de las mujeres fueron cruciales para el análisis de la
opresión de las mujeres. Ellas objetaban que los escritos provenientes de
feministas heterosexuales enfatizaban las relaciones varón-mujer a expensas de
las relaciones mujer-mujer. Claro que estas feministas lesbianas, aún cuando
criticaban el descuido dentro de la corriente feminista principal de los temas
de lesbianismo, no estaban sólo interesadas en las relaciones sexuales, ni
siquiera la sexualidad, en sí mismas. Ellas advertían sobre el hecho que la
opción sexual lesbiana afectaba todos los otros aspectos de sus vidas en tanto
la sociedad en general las veía como enfermas. De esta manera, esta
heterorealidad que les dificultaba el acceso al trabajo, al ejercicio de la
maternidad, etc., debía ser un foco de toda política feminista. En general,
como pasó con las mujeres negras, las feministas heterosexuales entendieron
estas críticas como provocadoras de divisiones, críticas que rompían la tan
mentada hermandad. En algunos casos, las mismas críticas fueron tomadas como un
deliberado esfuerzo de hegemonizar el movimiento tras un modelo de sociedad que
pusiera en cuestión toda viabilidad política de las relaciones heterosexuales.
Las
feministas lesbianas prefirieron celebrar sus vínculos mujer-mujer e impulsaron
a todas las mujeres no lesbianas a autodenominarse “lesbianas políticas”. Junto
con los varones gays, uno de los primeros intereses de las feministas lesbianas
fue desafiar la extendida idea según la cual todas sus relaciones personales y
sus elecciones sexuales tenían que ser objeto de control y vigilancia. Es
necesario, dirán algunas, una reapropiación positiva del término lesbianismo
usado indiscriminadamente para definir a cualquier mujer que no sigue los
patrones socialmente establecidos. De cara a declaraciones tales como “todas
las mujeres devienen lesbianas”, las heterosexuales se mantuvieron, en gran
medida, en una actitud defensiva y tendieron a ignorar las críticas de sus
pares sobre la heterosexualidad y sus instituciones. Esto les dificultó, entre
otras cosas, pensar el lesbianismo en términos de construcción social. Otras
afirmarán que la necesidad de categorizar la identidad a través de la
orientación sexual desaparecerá tras una utopía andrógina donde los
significados sociales atribuidos a tales roles ya no existan. Feministas como
A. Rich advertirán sobre la necesidad de enfatizar y fortalecer, por encima del
amor sexual, la amistad y vínculos entre las mujeres para así eliminar el
esfuerzo de la ideología patriarcal por evitarlos.
Puesto
que el feminismo había asumido el compromiso de lucha tanto en el plano
político como el personal, las lesbianas esperaban que el mismo prestara
atención a sus problemas. En todo caso, la esfera privada no era sino el
reflejo de los sistemas de poder y subordinación más amplios. Ocupadas en
derribar los estereotipos de lo femenino, omitían analizar todo el espectro de
estereotipos homosexuales. Asimismo, mientras la maternidad era un tema
central, los problemas que su ejercicio acarreaba a las lesbianas no era
considerado y sólo raramente era discutido.
El
supuesto liberalismo del feminismo con respecto a lo sexual tenía una práctica
homofóbica – como racista – que era muy difícil erradicar. Las lesbianas eran
“toleradas” pero se mantenían teóricamente invisibles. ¿Transformaría el
feminismo la situación de las personas no heterosexuales? La pregunta sigue aún
sin responderse y otras nuevas aparecerán en el camino. En efecto, a lo largo
de los 80 surge una nueva generación de lesbianas que, reflejando la diversidad
de posiciones que las políticas gays y lesbianas habían impulsado, rechazarán
cualquier noción uniforme de lo que al momento había sido retratado como
identidad lesbiana. Ellas introducen una heterogeneidad de formas de ser
lesbiana retomando discusiones sobre los roles butch femme y sobre prácticas
sadomasoquistas e inician alianzas con varones gays en el activismo queer.
Llegamos
a los años 90, testigos del surgimiento de la teoría queer. El feminismo
lesbiano toma un rumbo diferente y las definiciones de qué es ser lesbiana
continúan siendo revisadas. Gran parte del desarrollo teórico de los estudios
lésbicos se encuentra relacionado estrechamente con textos gay y lesbianos que,
apropiándose de algunos aspectos del pensamiento posmoderno, repiensan sus
políticas de identidad. Un ejemplo de ello son las exploraciones y críticas que
se hacen en este época al esencialismo lesbiano y las preguntas acerca de qué
intereses, si todavía los hay, comparten las mujeres lesbianas y las
heterosexuales.
Así
por ejemplo, la feminista lesbiana Monique Wittig, basándose en la famosa
frase de Simone de Beauvoir (no se nace mujer, llega una a serlo)
señalará que el rechazo a devenir heterosexual siempre significó,
concientemente o no, el rechazo a devenir varón o mujer. Ella sugiere que
“varón” y “mujer” son categorías políticas más que biológicas, categorías que
consiguen su significado a través de su inserción en el discurso de la
heterosexualidad. En común con Adrianne Rich, Wittig ve a la heterosexualidad
como una categoría usada para reforzar el rol atribuido socialmente a la mujer
y reforzar, simultáneamente, una ideología que reproduce las condiciones de
existencia de la institución heterosexual. En su “The Straight Mind” considera
porque rechazan ser heterosexuales, “las lesbianas no son mujeres”. La lesbiana,
dice Wittig, no es el sujeto social mujer, sino el sujeto de una particular
práctica cognoscitiva que permite rearticular las relaciones sociales y las
condiciones mismas del conocimiento desde una posición excéntrica respecto a la
institución de la heterosexualidad.
Ella
señala que lesbiana es el único concepto que está más allá de las categorías
del sexo (mujer y varón), “porque la sujeto-lesbiana no es una mujer en el
sentido económico ni político ni ideológico. Porque lo que hace la mujer es una
relación social específica con el varón, una relación que hemos llamado de
servidumbre, una relación que implica obligaciones personales, físicas y
económicas (residencia forzosa, realización de tareas domésticas, deberes
conyugales, producción ilimitada de hijos, etc.), una relación de la que las
lesbianas escapan rechazando el convertirse o el seguir siendo heterosexuales”
(1981: 52-53).
Queda
la pregunta, siguiendo a Wittig, si las feministas heterosexuales podrían
rechazar ser mujeres desmantelando las connotaciones devenidas del objeto
sexual elegido. Podría argumentarse que a pesar de su resistencia a la
heterosexualidad tal como la presenta la autora, las lesbianas están todavía
implicadas dentro de sus parámetros institucionales. En alguna medida, los
significados de lesbianas generados por los discursos de la heterosexualidad
pueden afectar las vidas personales de las mismas lesbianas y bien podría
cuestionarse esto apelando a la integridad de tales adscripciones libres de
formaciones represivas. Wittig otorga a las lesbianas una agencia que niega a
las heterosexuales, sugiriendo una lectura esencialista de la lesbiana en este
contexto, en el que polariza las identidades lesbiana y heterosexual.
Diana
Fuss (1989) señala que en general la teoría lesbiana está menos interesada en
cuestionar o partir de una esencia lesbiana y una política identitaria basada
en esta esencia compartida que los gays que han revisado la sexualidad desde
una perspectiva social constructivista. Dirá que la tendencia de las lesbianas
a adherir a supuestos esencialistas alrededor de una identidad lesbiana
discreta puede ser bien el resultado del hecho que histórica y socialmente las
lesbianas habitan una posición de sujeto más precaria que los varones gays.
IV
La
categoría unificada Mujer como sujeto del feminismo comienza a ser
desplazada. Pero, ¿qué acerca de la categoría género y las maneras en que
ella se manifiesta? Así como la categoría Mujer sufre los embates de mujeres
negras y lesbianas, el turno llega también para el género y, más precisamente,
para la oposición entre éste y el sexo.
En
razón de los límites que un artículo como este tiene, se presenta la
problematización de la distinción sexo/género proveniente sólo de dos
corrientes: el materialismo feminista, en la figura de Christine Delphy y el feminismo
posmodernista, en la de Judith Butler. Mientras las feministas materialistas
enfatizan las vinculaciones socio estructurales, tratando a varones y mujeres
como grupos sociales fundados sobre la base de relaciones desiguales, las
feministas posmodernas enfatizan las explicaciones culturales, viendo a
“varones” y “mujeres” como categorías discursivamente construidas.
Para
Christine Delphy “varones” y “mujeres” no son dos grupos naturalmente dados que
alguna vez se vincularon jerárquicamente. Esta feminista se opone a la idea de
aquellas enroladas en la diferencia sexual, argumentando que la idea de
diferencia femenina deriva de un razonamiento patriarcal y sirve para
justificar y encubrir la explotación. Debe rechazarse cualquier noción de mujer
que no esté contextualizada, dirá Delphy. El sexo es para ella un producto de
la sociedad y la cultura. Esta feminista revierte la lógica usual de la
distinción sexo/ género sugiriendo que más que ser el género construido sobre
la base de la diferencia sexual biológica, él ha devenido un hecho pertinente,
una categoría percibida. El género crea al sexo anatómico en el sentido en que
la división jerárquica de la humanidad en dos transforma una diferencia
anatómica en una distinción relevante para la práctica social. En sus últimos
trabajos, Delphy afirmará más enfáticamente el carácter social del sexo y dirá
que más que ser la diferencia entre varones y mujeres un hecho biológico
auto-evidente, el reconocimiento de esa diferencia es un acto social. El
potencial de la idea de género no es sólo que desnaturaliza la diferencia entre
varones y mujeres sino que pone nuestra atención en la misma existencia de la
división de la humanidad en dos categorías genéricas. No es suficiente, dice,
tratar el contenido género como variable si se asume que el “contenedor” (la
categoría mujer o varón) es inmodificable. Debería considerarse entonces al
contenedor mismo como producto social.
El
vínculo entre Delphy y Butler lo dio Monique Wittig, quien identificó la
categoría sexo como la categoría política que funda la sociedad como sociedad
heterosexual. Butler se basa en Wittig cuando analiza la matriz heterosexual,
el orden compulsivo del sexo/género/deseo que vincula el sexo y el género en
la heterosexualidad normativa. Para Butler, tanto el género como el sexo son
ficticios en el sentido que ellos son construidos a través de prácticas
discursivas y no discursivas. Si el sexo, tanto como el género, son
constructos, entonces el cuerpo no tiene un sexo esencial pre-dado. Más bien,
los cuerpos se vuelven inteligibles a través del género y no tienen una
existencia significativa antes de ser marcados por el género. Los cuerpos
devienen generizados a través de la continua representación (performance) del
género. El género, más que ser parte de nuestra esencia interna, es performativo:
ser femenina es actuar la feminidad.
Cuando
un varón representa un drag, vistiendo y actuando como una mujer, es visto
usualmente como imitando o parodiando un modelo original, una mujer real. El
punto de Butler es que, dado que el género es una construcción, no hay
original. La parodia es de la misma noción de un original. El drag
desnaturaliza el género, separa sus elementos performativos y despliega la ficcionalidad
de su coherencia y revela la estructura imitativa del género mismo.
Claro
que decir que el género es performativo no es decir que una/o lo toma por la
mañana y se lo saca luego. Por el contrario, Butler dirá que estamos
constreñidas/os en el género. En respuesta a quienes la critican por negar la
materialidad del cuerpo, ella responde que la materialidad es un efecto del
poder y que los cuerpos sexuados son forzadamente materializados a través del
tiempo. Butler toma el concepto de performatividad proveniente de la
lingüística, adonde es usado como aquellas formas de habla que en su
declaración dan existencia a lo que nombran. La performatividad es efectiva
porque es citacional, dice Butler, se citan prácticas del pasado, convenciones
existentes, normas conocidas. En este sentido, la declaración “es una niña”
hace de ese infante recién nacido una niña. Y allí comienza el proceso de dar
existencia a una niña. Y esto tiene que ver con las convenciones que han
establecido lo que es una niña. En nombre del sexo se citan las normas del
sexo. El sexo es materializado a través de un complejo de prácticas
que son normativas y regulatorias y también coercitivas.
Reflexiones finales
Es
indudable que cuando el concepto de género entra al dominio feminista, lo hace
poniendo en cuestión la fórmula “biología es destino”, fórmula que ataba a la
mujer a un conjunto de redes y mecanismos de subordinación legitimados con la
fuerza de un discurso naturalizante. Es pues la simbolización cultural, no la
biología, la que establece las prescripciones relativas a lo que es propio de
cada cuerpo sexuado. Si el concepto de sexo reunía en el análisis de las
diferencias entre varones y mujeres, no sólo aquellas de tipo anatómico,
hormonal, fisiológico, sino también comportamentales, la categoría de género
propondrá entender estas diferencias como el resultado de la producción de
normas culturales sobre el comportamiento de varones y mujeres.
Ahora bien, tal como ha intentado mostrarse a lo
largo de este trabajo, el optimismo inicial de este modelo teórico, que dio un
sostenido empuje a las estrategias feministas a partir de los años 60, empieza
a mostrar sus fisuras en las voces de diversos colectivos de mujeres quienes
denuncian el carácter monolítico y, en consecuencia, violento de la categoría
misma Mujer como representante indivisa de la totalidad del género
femenino. El rendimiento y productividad de esta última categoría empieza
asimismo a ser motivo de desconfianza. Al establecerse como fundante de un nuevo
conocimiento y origen de un nuevo sujeto, su estabilización ontológica pone en
peligro el proyecto político feminista.
Su carácter político parecía quedar reducido al mero
correlato cultural de los cuerpos sexuados; considerados éstos, por otra parte,
naturalmente dados. Si treinta años atrás la discriminación por género podía
tal vez ingenuamente remitir a la discriminación de “las mujeres”, hoy en día
dicha asociación tácita sólo se sostiene por la persistente invisibilización de
la violencia que implica el presupuesto normativo según el cual, el género no
sería más que los atributos culturales asociados a los sexos. Así, la
consecuencia de establecer como base de un reclamo o reivindicación un concepto
de género que no cuestiona la distinción naturaleza/cultura, es la legitimación
de la jerarquización, la discriminación y la violencia que sufren todas
aquellas personas cuyos cuerpos no son inteligibles bajo ese esquema.
En
su trabajo “Constancias”, Paula Viturro (2005) se refiere a este proceso recurriendo
a la pintura. La dimensión del cambio en el régimen de visibilidad que implicó
la incorporación de la perspectiva en el Renacimiento, dio lugar a la
proliferación de discusiones contemporáneas acerca de si se trató o no de un
reflejo del surgimiento de la nueva filosofía centrada en el hombre y en una
nueva concepción racional del espacio. Sin duda, la perspectiva plantea la
necesidad de un sujeto situado en un punto de vista ideal cuya mirada ordena la
escena representada. Esta, a su vez, debe cumplir con las expectativas de
fidelidad o veracidad respecto del objeto representado que la cosmovisión de la
época impone. La perspectiva permitiría ver los objetos representados a través
de ella, como creemos que son en la realidad. Con la perspectiva de género
parece suceder algo similar, ella permite instaurarlo discursivamente como un
principio epistémico privilegiado que permitiría el surgimiento de hechos
significativos para el nuevo régimen de visibilidad que esta perspectiva
inaugura. No obstante, el influjo de las constancias producidas por las
concepciones bioanatómicas que clasifican a los cuerpos como masculinos y
femeninos es de tal magnitud que el género se naturaliza y se convierte en
aquello que todas las mujeres compartimos produciendo una reificación del
binomio naturaleza/cultura.
Si los
universalismos de la humanidad ya están bajo sospecha, ¿por qué le cuesta tanto
al feminismo discutir los universalismos de género? Volviendo a la metáfora de
la pintura que tan creativamente utiliza Viturro, veamos qué nos ofrece el
cubismo. Los cubistas abandonaron el punto de vista ideal y estable que dominó
la pintura europea desde el Renacimiento, en favor de la representación
simultánea de los objetos desde múltiples puntos de vista. Los cuadros
resultantes son una acumulación de fragmentos de visión que representan el
objeto desplegado en todas sus facetas, que establece una trama compleja de
relaciones espaciales heterogéneas constituidas a partir de la yuxtaposición y
la dislocación de las distintas vistas. De esa manera, los cubistas pusieron
de manifiesto que el espacio pictórico articulado por la perspectiva central,
es un producto cultural que sólo trasluce las intuiciones espaciales humanas de
un determinado momento histórico conocido como naturalismo o realismo visual.
Quizás adoptando una mirada cubista podamos no sólo revertir la discriminación
sino, sobre todo, desordenar los discursos que la sostienen y le dan sentido.
Tal vez sólo de esta manera el éxito de la lucha feminista sea equivalente al
esfuerzo que cotidianamente invertimos en ella.
Nota
[1] Así como las lesbianas habían encontrado el sexismo
en el movimiento de liberación gay, las mujeres negras lo habían hecho dentro
del movimiento por los derechos civiles. Crecía en estas mujeres un sentimiento
de identidad dividida entre el movimiento de liberación de mujeres y aquellos
otros organizados en torno a la raza o la opción sexual.
Bibliografía
- Butler, Judith (1990). Gender
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- Wittig, Monique (1992). The
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Wheatsheaf.
Sobre
la autora
Josefina Fernández, es activista del Grupo Feminista Ají de Pollo. Antropóloga y
Magister en Sociología de la Cultura. Doctoranda en Ciencias Sociales. Docente universitaria de posgrado. Integrante del Área Tecnologías de Género del
Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires. Autora de Cuerpos Desobedientes (Edhasa, 2004), Cuerpos Ineludibles (Ají de Pollo, 2003), La Gesta del Nombre Propio (Asociación Madres de Plaza de Mayo, 2006) y colaboradora de revistas
nacionales e internacionales.
Contacto: josefinafer@arnet.com.ar
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RESIGNIFICACION DE LAS IDENTIDADES DE GÉNERO*
Por Gloria Careaga
L
a definición de la identidad es un proceso histórico, político y cultural
producto de la interacción y la comunicación social. La identidad ofrece a la
sociedad elementos para percibirnos y reconocernos, al recoger elementos de
nuestra subjetividad y llevarlos al mundo de significados sociales, en el marco
de las relaciones de poder. Así, la identidad está constituida por un sinfín de
referentes a nuestros grupos sociales y de características que nos diferencian
y nos igualan a otros, como un prisma cuyas aristas son resaltadas a partir de
los significados y valores involucrados (Careaga, 2001).
Un
elemento importante en la definición de la identidad de las mujeres ha estado
vinculado precisamente con su condición y participación en los procesos de
construcción de nuestras sociedades. La participación de las mujeres en este
proceso ha sido continua a través de la historia. Sin embargo en las últimas
décadas, la demanda consistente por el respeto a sus derechos en todos los
campos ha tenido mayor resonancia. Además, la presencia de las mujeres hoy en
todos los espacios de la vida social es evidente, no sólo porque difícilmente
encontramos lugares donde no participe, sino porque su presencia hoy es masiva.
Durante
los últimos diez años la economía de América Latina registró una notable
volatilidad, acentuada por tres crisis económicas. En particular el deficiente
desempeño económico en los primeros años del nuevo milenio redundó en una
reducción del producto per cápita y en la persistencia de altos índices de
pobreza.
Estos
índices aumentaron en los últimos años. El mantenimiento de altas tasas de
desempleo que afectan principalmente a mujeres y jóvenes caracterizan la
realidad del mundo laboral y consecuentemente, acentúa la desigualdad en la
distribución de recursos. Así América Latina y El Caribe sigue siendo la región
del mundo que presenta un mayor grado de desigualdad (CEPAL, 2004).
En
el ámbito de la política, se destacan dos hechos contrapuestos. La democracia
se constituye en una aspiración firme de la mayoría de los actores sociales
para los regímenes de gobierno, pero las convulsiones sociales y las
expresiones de desencanto ciudadano ante las crisis económicas producto de la
corrupción, el clientelismo y la concentración de poder, ha llevado a la
desconfianza en las instituciones, la falta de canales de genuina participación
ciudadana y agudas desigualdades.
En
esta década, si bien las mujeres aceptaron el reto demográfico impuesto de
reducir los índices de fecundidad (hoy en la región el ritmo anual de
crecimiento oscila alrededor del 1%), sobre sus espaldas pesa aun el papel de
responsables únicas de la descendencia y hoy su carga aumenta ante el proceso
de envejecimiento (las mujeres tienen menos hijos, pero igual número de
personas a su cargo). Aún así la mortalidad materna continúa con índices de
entre 100 y 300 muertes maternas por cada 100,000 (siguen muriendo mujeres por
causas ajenas a enfermedad), producto de la no disponibilidad de servicios
médicos para la atención del parto, principalmente en casos de emergencia.
Además,
si bien se observan variaciones entre países, las mujeres pobres tienen
probabilidades mucho más altas de ser madres durante la adolescencia. Este es un
asunto de la mayor importancia, puesto que hay señales de que la maternidad
adolescente en condiciones de soltería o de unión inestable está aumentando
(Rodríguez, 2003). A estas alturas, resulta sorprendente que la información
sobre la salud reproductiva de los hombres aún es escasa, solo indagaciones en
Buenos Aires, la Habana, La Paz, Lima y Colombia, proporcionan algunos datos.
Los
procesos de migración intraregional tienen larga historia y ejercen importante
presión en las regiones fronterizas. Este patrón es sensible a las coyunturas
de expansión o retracción económica y a la violencia política. Pero en el plano
internacional, casi tres cuartas partes de los emigrantes latinoamericanos y
caribeños se dirigen a los Estados Unidos (15 millones en el 2000). La región
es exportadora neta de fuerza de trabajo y recibe a cambio recursos que tienen
una enorme gravitación macroeconómica y social, con graves riesgos para los
países y para las personas, ya que el lugar de las remesas ascendió a un monto
de casi 30 mil millones de dólares en el año 2003. América Latina es la región
en desarrollo que registra una mayor proporción de mujeres emigrantes. Esta
feminización relativa es un rasgo característico de la migración en los últimos
decenios (Villa y Martínez, 2002). Este rasgo se hace patente en la mayoría de
las principales corrientes migratorias dentro de la región y se relaciona con
las modalidades de inserción laboral en los países de destino (Thomas-Hope,
2002 y Martínez Pizarro, 2003).
El
contexto de ilegalidad en que se desarrolla la emigración, caracterizado por el
tráfico y trata de personas, la xenofobia, las dificultades de integración, las
restricciones cada vez mayores y su relación con temas de seguridad, se traduce
en la vulnerabilidad social que afecta a muchas de las personas que se
desplazan a través de las fronteras, con expresiones particulares para las
mujeres, que no siempre son tomadas en cuenta.
En
síntesis podemos ver que la situación de pobreza y la necesidad de desarrollar
estrategias para enfrentarla en la región, ha generado una sobrecarga en la
responsabilidad que las mujeres hoy enfrentan. Desafortunadamente, si bien esto
ha mitigado el impacto de la pobreza, en muy poco ha contribuido para
resolverla.
A
pesar de la inserción masiva de las mujeres a las responsabilidades económicas
y políticas, la estructura de poder que sostiene las inequidades de género y la
injusticia social, mantienen fuertes resistencias. Hoy, amplias capas de
hombres y mujeres cotidianamente se enfrentan al desempleo, el trabajo informal
o el riesgo que implica las limitaciones a las condiciones de trabajo con tal
de mantener el empleo. Ante esta situación, cada uno hace su mejor esfuerzo,
con pobres resultados.
Las
mujeres cada vez han ido buscando una mejor inserción. De hecho cada día
también más mujeres avanzan en los niveles educativos. Pero aun se considera
que el salario de las mujeres es una “ayuda” al sostén de la casa, igual que
los hombres “colaboran” con el trabajo doméstico. Así, a los hombres como a las
mujeres, se les ha exigido que incursionen en espacios tradicionalmente
considerados no propios, para enfrentar las carestías, las necesidades y para
algunos pocos, hasta la modernidad.
Las
definiciones identitarias de hombres y mujeres han sufrido un fuerte impacto, a
partir de cambios acelerados y fuertes resistencias. Los cambios sociales y
culturales complejos, que se han venido dando especialmente en las últimas
décadas constituyen un importante reto con pocos recursos para enfrentar la cotidianidad.
Procesos como la modernización, el desempleo y la profundización de la pobreza,
han impactado de forma significativa la organización de la vida cotidiana de
las personas, modificando su posición y el significado mismo de su definición
sexual.
El
reconocimiento de la contribución y capacidades de las mujeres ha constituido
un cambio paradigmático para la resignificación de su identidad (Jiménez 1997).
Valores, creencias y tradiciones de apenas hace 10 años, no guardan hoy la
misma vigencia. Sin embargo, persisten exigencias y sanciones propias de otros
siglos. Son expresiones de cambios que cuestionan el ordenamiento tradicional
de la sociedad y generan una crisis a partir de la incompatibilidad entre las
exigencias de la vida tradicional familiar y la profesionalización femenina
(Quartin de Moraes, 1999), así como entre los papeles y responsabilidades
masculinas tradicionales y las necesidades y expectativas de la pareja y la
familia.
Estos
cambios generados por una nueva posición de la mujer en la sociedad, han
exigido también una flexibilización de los roles al interior de la pareja y a
un proceso de redefinición de las identidades femenina y masculina en la
sociedad.
Hoy
en día los individuos no cuentan con patrones únicos de identificación, y difícilmente
encuentran espacios y recursos sociales para construir una identidad propia en
un mundo complejo que plantea variados proyectos, lo que ha generado
incertidumbres e inseguridades.
Las
mujeres a través de su involucración y presencia en la esfera de la vida
pública, si bien ha tenido que soportar la sobrecarga de las múltiples
responsabilidades, han recibido también la gratificación de la revaloración e
iniciar procesos de empoderamiento que alimentan su autoestima, su nueva
identidad se caracteriza por la búsqueda de la realización personal, una mayor
independencia y mayores posibilidades de autonomía.
Los
cambios ocurridos no han tenido el mismo impacto en el caso de los hombres. A
pesar de las presiones para compartir ámbitos y obligaciones domésticas y la
necesidad de desarrollar y expresar sensibilidad y afectos, prevalecen aún
fuertes tensiones para mantener la imagen de proveedor y autoridad familiar, de
“hombre de mundo”, capaz de dominio y control. Se pretende su inserción en las
responsabilidades familiares y domésticas, al mismo tiempo que se mantiene la
devaluación de esos espacios y responsabilidades.
Así,
las tensiones que unas y otros enfrentan, les coloca en una situación de fácil
enfrentamiento con una experiencia de profunda incomprensión, que
frecuentemente se resuelve en el rompimiento, principalmente por parte de las
mujeres, o en el ejercicio de prácticas tradicionales de violencia y control,
por parte de los hombres.
Estas
transformaciones han afectado también de manera importante a las concepciones
que, sobre el ser hombre y mujer, definen hoy a las mujeres y hombres jóvenes,
en donde se observa una aparente mayor igualdad en la interacción, pero la
permanencia de relaciones de inequidad dificultan y complejizan las posibilidades
de desentrañar las estrategias de dominación.
Conclusiones
Las
contradicciones que hoy experimentan mujeres y hombres en la vivencia de su rol
de género son resultado de los procesos acelerados de los cambios sociales que
hoy vivimos. Mujeres y hombres comparten hoy la mayoría de las esferas y
espacios de la vida social, sin muchos recursos para comprender las
transformaciones y resistencias que unas y otros están manifestando.
Estos
procesos han complejizado aun mas las vivencias de las nuevas generaciones que
se enfrentan a modelos no delimitados y definidos, y recurren a la pretensión
de representar modelos ideales producto de la publicidad y exigencias sociales,
no sustentadas en la experiencia cotidiana o en el intercambio con sus modelos.
Si
bien las condiciones económicas que hoy enfrentan mujeres y hombres representan
un reto más allá de la reflexión individual, el cuestionamiento a las
estructuras de poder constituye un elemento más para su desconstrucción. En ese
sentido, las aproximaciones del análisis de género, constituyen una herramienta
importante para la comprensión de estos procesos, así como el delineamiento de
estrategias para la conducción de procesos sociales que favorezcan condiciones
de equidad que contribuyan a la transformación social y consecuentemente, al
proceso democrático.
Bibliografía
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alternativas e identidad, en Gloria Careaga Pérez y Salvador Cruz
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Arcoiris por el respeto de la diversidad sexual, Programa Universitario de
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- Quartin de Moraes, (1999),
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de las identidades sociales. Frontera Norte, Vol. 9, Núm. 18. México.
- Martínez Pizarro, Jorge (2003) El mapa migratorio de
América Latina y el Caribe, las mujeres y el género. Serie Población y
Desarrollo. No. 44. CEPAL. Santiago de Chile.
- Rodríguez, Jorge (2003) La fecundidad alta en
América Latina, Serie Población y Desarrollo, No. 46. CEPAL. Santiago
de Chile.
- Thomas-Hope, E·. (2002) Human
trafficking in the Caribbean and the human rights of migrants. Presentación en la
Conferencia Hemisférica sobre Migración Internacional: derechos humanos y
trata de personas en las Américas. Santiago de Chile, 20-22 de noviembre.
- Villa, Miguel y Martínez, Jorge
(2002) Rasgos sociodemográficos y económicos de la migración internacional
en América Latina y el Caribe. Capítulos del SELA, No. 65. mayo-agosto.
* Ponencia “Resignificación
de las Identidades de Género” presentada en la Mesa: Identidades, diversidades y resistencias del VII Congreso Internacional de Estudios Latinoamericanos América
Latina en el Nuevo Siglo. Universidad Nacional, Universidad de la Serena, Universidad de Maryland. San José, Costa Rica, 9-12 noviembre 2004.
Sobre
la autora
Gloria
Careaga Pérez es Profesora en la Facultad de Psicología de la UNAM-México. Integra el Comité Consultivo del Proyecto
Sexualidades, Salud y Derechos Humanos de la Universidad Peruana Cayetano Heredia.
Correo: careaga@servidor.unam.mx
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NOS LIMITES DO GÊNERO:
APONTAMENTOS SOBRE A DISCUSSÃO SEXO-GÊNERO FACE AOS
DESAFIOS EM TORNO DA DIVERSIDADE SEXUAL
Por Paula
Sandrine Machado
O objetivo deste artigo é analisar certas
reformulações no conceito de gênero frente aos desafios lançados por alguns
movimentos de diversidade sexual. Centrarei minha análise mais especificamente
no movimento político intersex, partindo das reflexões provocadas pelo mesmo no
contexto de uma pesquisa na qual me proponho a compreender o processo de
decisões em torno das intervenções (cirúrgicas e hormonais) a que são
submetidas crianças e adolescentes intersex[1].
Desde já, é preciso ressaltar que existem
diferentes formas de militância intersex e que nem todas assumem os mesmos
pressupostos e pautas políticas. A partir do trabalho pioneiro da Intersex Society of North
América (ISNA), fundada nos anos 90 por Charyl Chase[2], surgem outros ativismos políticos intersex
em diversos contextos regionais, entre os quais merece destaque aquele
desenvolvido por ativistas da América Latina[3]. Para fins desse
artigo, contudo, não irei me deter nos embates existentes entre os diferentes
grupos e sim nas demandas e formulações mais gerais que os aproximam.
Iniciarei o texto contextualizando o debate a respeito da denominação “intersex”
e as divergências entre as definições médicas e aquelas propostas pelo
ativismo. Em seguida, analisarei, por um lado, a emergência da intersexualidade
como tema de pesquisa dentro dos estudos feministas e, por outro, de que forma
as reivindicações do movimento intersex oferecem novos elementos para se pensar
o debate sexo-gênero, os quais interrogam um certo uso do conceito de “gênero”
dentro dos próprios estudos feministas. Finalmente, mostrarei os efeitos dessas
interrogações no que se refere mais particularmente a minha investigação.
O problema da nomenclatura
O termo “intersex” tem sido utilizado tanto por
médicos[4] e
psicólogos, como pelos ativistas do movimento social intersex. Contudo, os
pressupostos e o conteúdo das definições são claramente divergentes. De acordo
com a literatura médica, os “estados intersexuais” podem ser divididos, de uma
forma geral, em quatro grandes grupos: pseudo-hermafroditismo feminino
(presença de ovário, sexo cromossômico 46XX[5],
genitália interna considerada “feminina”, mas genitália externa “ambígua”);
pseudo-hermafroditismo masculino (presença de testículos, cariótipo 46XY,
genitália externa considerada “feminina” ou “ambígua”); disgenesia gonadal
mista (presença de gônadas disgenéticas, ou seja, “com alterações”); hermafroditismo
verdadeiro (presença de tecido ovariano e testicular) (Freitas, Passos, Cunha
Filho, 2002).
Já os grupos de ativismo intersex, engajados na luta
pelo fim das cirurgias precoces “corretoras” de genitais ditos “ambíguos”,
oferecem uma outra definição para o termo. De acordo com a ISNA:
Intersex
é um termo geral usado para uma variedade de condições nas quais uma pessoa
nasce com uma anatomia reprodutiva ou sexual que não parece se encaixar nas
definições standards de feminino ou masculino (ISNA,
2005. Minha tradução).[6]
Através dessa outra forma de pensar a intersexualidade, busca-se
contestar a sua patologização (e, conseqüentemente, provocar uma mudança de
atitude no que se refere às intervenções cirúrgicas nos corpos de crianças
intersex), bem como se amplia o leque daquilo que o termo é capaz de
compreender. Isso porque existem situações que, embora não estejam
compreendidas nos quatro “grandes grupos” que correspondem à definição médica,
podem ser entendidas como variações em relação ao padrão dicotômico
masculino/feminino socialmente legitimado[7].
Segundo Alice Dreger (2004), instaura-se, dessa forma, um embate entre o modelo
de intervenção vigente (baseado na lógica biomédica e, de acordo com ela,
centrado na “cirurgia e no aconselhamento”) e o modelo de intervenção proposto
pelos ativistas (centrado “nos pacientes”). Enquanto o modelo biomédico
considera a intersexualidade como uma “anormalidade anatômica rara”, que deve
ser corrigida imediatamente, o segundo modelo percebe os corpos intersex como
sendo variações da norma. Logo, a diferença é reivindicada pelos ativistas como
uma possibilidade e não como uma patologia.
Ao situar a questão da intersexualidade como uma “variação” em
relação ao padrão dicotômico que classifica os corpos como masculinos ou
femininos, o ativismo intersex mostra a insuficiência das categorias de sexo
(como binário) e de gênero (como prolongamento ou efeito das categorias de
sexo) em dar conta das relações desses sujeitos com as normas sociais, as quais
excluem seus corpos dos limites daquilo que “pode” ser vivido. Basicamente, o
que se percebe é que há um nó exatamente na discussão natureza/cultura e
sexo/gênero, que não é desatado através de premissas essencialistas ou
construtivistas. E é justamente esse nó que situa as questões relativas à
intersexualidade no centro de uma série de debates feministas acerca do uso do
conceito de gênero e que oferece, entre outras possibilidades, um vasto campo
para os estudos que se propõem a interrogar a construção do conhecimento
científico e a desconstruir a idéia de uma natureza alheia ao social.
Intersexo e problemáticas
feministas: a biologia em debate
No final dos anos 60 e início dos anos 70, os estudos
feministas introduzem, no terreno dos estudos em sexualidade, a divisão entre
sexo e gênero. Bastante frutífera no sentido de denunciar que as diferenças e
hierarquias sociais entre mulheres e homens não estão baseadas em uma
“natureza” masculina ou feminina, essa divisão, por outro lado, não interroga o
próprio “sexo biológico”. Com isso, reifica não apenas a existência de um sexo
“natural” mas também a divisão entre dois domínios de saberes: as ciências
sociais (que se ocupariam das questões relativas ao “gênero”) e as ciências
médicas (que se ocupariam do “corpo natural” e do “sexo”) (Oudshoorn, 2000).
De acordo com Joan Scott (1995), certas teóricas do
feminismo acabaram não examinando a própria oposição binária contida na
formulação sexo-gênero e não desconstruindo a assertiva de que no fim (ou no
começo?) de tudo, estaria uma biologia do sexo sem a marca do gênero. Para
Linda Nicholson (2000), é a idéia de uma espécie de autonomia do primeiro em
relação ao segundo que levou algumas feministas a apoiarem a existência
incontestável da oposição entre as duas categorias. O que a autora aponta é
que, nesse tipo de formulação, o conceito de gênero acaba reforçando uma matriz
heterossexista de pensamento ao admitir o dualismo entre os sexos como uma
verdade biológica, deslocando-o do lugar de uma também (e muito sedimentada)
construção cultural sobre os corpos.
Já no final dos anos 70 e início dos anos 80, o corpo, antes
relegado a um segundo plano, passa a aparecer como terreno de problematizações
e lutas feministas. A Biologia e as “Ciências da Vida” despontam como campos
que despertam sobremaneira o interesse de inúmeras pesquisadoras (Oudshoorn,
2000; de la Bellacasa, 2005). Basicamente, o que se instaura, a partir daí, é o
interesse em desconstruir a idéia de uma “verdade natural” sobre os corpos,
através da denúncia de que os próprios fatos científicos são construções
culturais e que, ao invés de constituírem um espelho da natureza, produzem o
que será entendido e incorporado como natural.
Segundo Nelly Oudshoorn (2000), existem três principais estratégias
utilizadas pelas feministas nesse empreendimento. A primeira delas consiste em
demonstrar a variação histórica do discurso médico no que concerne aos corpos e
ao sexo. A segunda, em elucidar como as técnicas literalmente transformam os
corpos[8]. E a
terceira, a qual se filia a autora e minha própria pesquisa, trata de mostrar
como a realidade “natural” é construída pela Ciência. Ou seja, como se operam
os saltos lógicos entre um “modelo” de corpo (ou de sexo) e a legitimação desse
modelo como realidade corporal ou sexual.
É nesse contexto de produções científicas sobre o
corpo, e respondendo às provocações do movimento social, que a intersexualidade
emerge como tema de interesse de um certo número de pesquisadoras identificadas
com a perspectiva feminista que passam a se dedicar à área dos Estudos da
Ciência e da Tecnologia[9].
Pode-se dizer que o tema vem ganhando mais atenção nos estudos antropológicos,
ressaltando-se, contudo, que já em 1990 o antropólogo Gilbert Herdt publicara
um artigo sobre o mesmo, colocando sob suspeita a idéia da inevitabilidade
universal do dismorfismo sexual (Herdt, 1990). Esse interesse crescente da
Antropologia remete a no mínimo duas explicações possíveis. Em primeiro lugar,
porque as questões pautadas pela intersexualidade indicam a necessidade de
redefinições dos termos considerados no clássico debate natureza e cultura (ou
pelo menos no que concerne às relações entre eles). Em segundo lugar, porque
colocam para a antropologia novos problemas ligados à biotecnologia e à
bioética, para os quais antigas soluções se tornam insatisfatórias. Disso
resulta um investimento cada vez maior no campo ainda relativamente pouco
explorado da “Antropologia da Ciência”.
Já no que tange ao movimento feminista, o tema também
se apresenta como um desafio, de implicações tanto políticas como
teórico-conceituais. Sobretudo a partir das problematizações levantadas pela
militância, contestando a existência de dois – e apenas dois – sexos, as
pesquisas em torno das questões intersex trazem à tona, para as teóricas
feministas, os limites da dicotomia sexo-gênero. Além disso, trazem um olhar
crítico para dentro do próprio feminismo acerca dos substantivismos e
naturalizações operados por perspectivas essencialistas e também por
perspectivas construtivistas nos estudos em sexualidade. Do ponto de vista teórico-conceitual, as reflexões em torno da intersexualidade
oferecem elementos que contribuem no sentido da desconstrução de algumas
formulações dicotômicas hegemônicas como natureza-cultura, sexo-gênero,
masculino-feminino, humano-não humano.
Uma renovada perspectiva sobre as questões envolvendo
a diversidade sexual e a discussão natureza-cultura tem sido oferecida por
teóricas e teóricos “Queer”. De forma geral, eles apontam para uma
possibilidade analítica que tensiona profundamente a idéia de natureza (e, mais
especificamente, da natureza binária suposta na diferenciação sexual), borrando
as fronteiras entre o natural e o cultural de maneira ainda mais intensa. Não
apenas as definições de natureza e cultura são colocadas em xeque (Butler,
1999), como também as fronteiras entre o humano e o não-humano passam a ser
revisitadas (Haraway, 2000).
De acordo com Judith Butler (2004, p. 4), o movimento intersex,
através da contestação das cirurgias precoces que visam inserir os corpos no
padrão dicotômico masculino/feminino, elabora uma perspectiva crítica contra
uma visão de humano que supõe um ideal anatômico. Para ela, as normas que
governam esse ideal são responsáveis por estabelecer significados diferentes
àquilo que será considerado humano ou não, bem como por classificar as vidas
que podem ser vividas ou não dentro das possibilidades oferecidas pelo social.
Além disso, continua Butler (2004), o ativismo intersex – e também transex –
denuncia a arbitrariedade e os riscos envolvidos na tentativa de buscar, manter
e/ou definir o dimorfismo sexual a qualquer preço.
Essa mesma denúncia tem efeitos em minha própria investigação sobre
o processo de decisões referente às intervenções que pretendem “adequar” os
corpos de crianças intersex ao padrão binário masculino ou feminino. De onde se
faz necessário desconstruir minimamente as seguintes noções essencializadas: a)
a de que existem apenas dois sexos e b) a de que o sexo é um substrato anterior
ao gênero.
As incoerências do sexo, as inconformidades do gênero.
Para discutir esse último item,
apresentarei uma situação vivida durante meu trabalho de campo junto a uma
equipe de profissionais de saúde de um hospital do RS/Brasil.
Tratava-se de uma palestra voltada para
profissionais médicos sobre elementos envolvidos na etiologia dos ditos
“fenótipos ambíguos”. O palestrante era um geneticista que discorreu sobre
inúmeros aspectos ligados à diferenciação sexual nos níveis anatômico, gonadal,
genético, psicológico, entre outros. No momento da discussão, ele aponta:
Uma coisa
é sexo, outra coisa é gônada, outra coisa é cariótipo, etc.,..., outra coisa é
gênero, mas nem sempre uma coisa combina com a outra. O que a gente queria é
que tudo combinasse, né?
Essa mesma situação já foi apresentada em
outro artigo (Machado, 2005a), na medida em que me parece emblemática de duas
características em relação ao processo de decisão frente a casos de intersexo:
1) a de que o sexo, nas classificações médicas, está impresso em diferentes níveis
– molecular cromossômico, gonadal, hormonal, social e psicológico[10]; 2) a de que a coerência entre esses
níveis é buscada incessantemente, sendo o sucesso da intervenção avaliado em
termos de um critério ainda anterior a ela: a coerência entre o sexo construído
e os estereótipos masculinos ou femininos esperados para aquele sexo.
Essa observação traduz uma série de outros momentos do trabalho de
campo que permitem romper com o conceito de sexo como natural e fundado em uma
matriz binária. A partir daí, destacam-se algumas conseqüências analíticas.
Primeiramente, se o sexo pode ser localizado em diferentes níveis em um mesmo
indivíduo e se esses níveis podem se combinar de diferentes formas, então a
divisão dos corpos entre masculinos e femininos corresponde sobretudo a um
olhar generificado sobre aquilo que será considerado naturalmente feminino ou
masculino. Em segundo lugar, a de que o sexo é, desde sempre, “generificado” e
são as políticas normativas de gênero que fazem com que ele seja percebido como
uma entre duas, e exclusivamente duas, classificações possíveis.
Essas conseqüências analíticas são também conseqüências das rupturas
provocadas pelo movimento intersex e desafiam, como este último, uma certa
concepção de gênero (e sua relação com o sexo) que vem sendo questionada dentro
do próprio feminismo desde os anos 80. De acordo com Butler (2004, p. 42), o
gênero deve servir não apenas como um mecanismo através do qual as noções de
masculino e feminino são produzidas e naturalizadas, mas também como um
instrumento útil para a desconstrução e desnaturalização dessas mesmas noções.
Assim, o que se coloca como pauta
política e teórica para o ativismo intersex (além de outros movimentos sociais
em defesa da diversidade sexual) e para os estudos em sexualidade não parece
ser tanto uma reformulação radical do conceito de gênero, mas uma abertura a
novas possibilidades ainda não exploradas a partir dele.
Notas
[1] Trata-se da minha pesquisa de doutorado, o qual vem sendo realizado no
Programa de Pós-Graduação em Antropologia Social da Universidade Federal do Rio Grande do Sul, sob orientação da professora Daniela Riva Knauth. Em 2005, a
investigação contou com um subsídio de Ciudadanía Sexual/Universidad Peruana
Cayetano Heredia/Fundação Ford no marco do projeto “Sexualidades, Salud y
Derechos Humanos en América Latina”.
[2] Conferir www.isna.org.
[3] O Programa para a América Latina e o Caribe da International Gay and
Lesbian Human Rights Comission, por exemplo, conta com uma “Área Trans e Intersex”, coordenada por um ativista intersex da Argentina, Mauro Cabral.
[4] Constata-se, mesmo no meio médico, um grande debate sobre a
propriedade dessa nomenclatura. Se, por um lado, o termo “genitália ambígua” é
visto como totalmente inadequado (porque não daria conta de todos os “estados
intersexuais” e, também, porque faria referência à idéia de “ambigüidade”), o
termo intersexo também não é considerado livre de problemas. Na prática, o que
observei durante o trabalho de campo realizado em um hospital do Rio Grande do
Sul/Brasil, é que os médicos utilizam entre eles o termo “genitália ambígua” e
também “genitália incompletamente formada”. A título de padronização,
entretanto, tem sido sugerido em âmbito internacional (mas principalmente
norte-americano) o uso da nomenclatura “anomalias do desenvolvimento sexual”, o
que parece ainda não ser um consenso entre os diferentes grupos médicos.
[5] A sigla 46XX (ou 46XY) é uma convenção biomédica, em que 46 diz
respeito ao número total de cromossomos de um indivíduo e XX ou XY referem-se a
um dos pares desse conjunto. São os chamados “cromossomos sexuais”.
[6] Ainda que a definição de “intersex” apresentada pelo ativismo
latino-americano seja muito próxima da norte-americana, cabe destacar que
existem inúmeras especificidades do primeiro em relação ao segundo, entre elas
notadamente a forma “celebratória” com a qual se situa face à intersexualidade.
Para um aprofundamento acerca dessas questões, bem como sobre as
particularidades do movimento intersex latino-americano e suas divergências em
relação ao norte-americano, ver Cabral e Benzur (2005).
[7] As inúmeras situações de hipospádias e os casos de agenesia vaginal,
por exemplo. Agradeço a Mauro Cabral por ter me chamado a atenção para essas
questões relativas ao ativismo intersex.
[8] As teóricas que adotaram essa estratégia se concentraram sobretudo nos
estudos relacionados às tecnologias de fertilização in vitro, mostrando como
elas estabelecem modificações no que se refere aos limites do corpo feminino e
não se resumem a “desenvolvimento tecnológico”.
[9] Nas produções sobre intersexualidade, destacam-se, entre outros, os
trabalhos de Fausto-Sterling (2000), Kessler (1998) e Dreger (2000).
[10] Para uma análise mais detalhada sobre como esses diferentes níveis são
levados em consideração nas decisões médicas por uma ou outra intervenção
visando a “adequação do sexo” em crianças intersex, ver Machado (2005b).
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categoria útil de análise histórica. Educação e Realidade, v. 20,
n. 2, p. 71-99, jul./dez., 1995
Sobre
la autora
Paula Sandrine Machado. Doutoranda em Antropologia Social pela Universidade Federal do Rio Grande do Sul (UFRGS), RS/Brasil;
Pesquisadora associada do Núcleo de Pesquisa em Antropologia do Corpo e da
Saúde (NUPACS)/UFRGS.
Endereço de e-mail: paulasandrine@yahoo.com.br
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LA PARADOJA TRANSGÉNERO
Por Mauro Cabral
La paradoja de un ser
que está ausente y a la vez prisionero del discurso, sobre quien se discute
constantemente pero permanece, de por sí, inexpresable; un ser
espectacularmente exhibido, pero a la vez no representado o irrepresentable,
invisible, pero constituido como objeto y garantía de la visión; un ser cuya
existencia y especificidad al mismo tiempo se afirman y se niegan, se ponen en
duda y se controlan.
Teresa de Lauretis
Introducción
El
concepto transgeneridad designa a un conjunto de discursos, practicas,
categorías identitarias y, en general, formas de vida reunidas bajo su
designación por aquello que tienen en común: una concepción a la vez materialista
y contingente del cuerpo, la identidad, la expresión de sí, el género y la
sexualidad –es decir, un rechazo compartido a la diferencia sexual como matriz
natural y necesaria de subjetivación.
La transgeneridad constituye un espacio por definición heterogéneo, en el
cual conviven –en términos no sólo dispares, sino también enfrentados- un
conjunto de narrativas de la carne, el cuerpo y la prótesis, el deseo y las
practicas sexuales, el viaje y el estar en casa, la identidad y la
expresión de sí, la autenticidad y lo ficticio, el reconocimiento y la subversión
la diferencia sexual y el sentido, la autonomía decisional y la biotecnología
como instrumento que es, a la vez, cambio de batalla. Es, por lo tanto, un
espacio atravesado por una multitud de sujetos en dispersión –travestis,
lesbianas que no son mujeres, transexuales, drag queens, drag kings,
transgéneros… y tod*s aquell*s que, de un modo u otro, encarnamos formas de
vida no reducibles ni al binario genérico ni a los imperativos de la hetero
o la homonormatividad.
En la redacción de este texto apelaré a la transgeneridad como dispositivo de lectura, como máquina de guerra biopolítica
-destinada a instalar, en cada expresión de necesidad identitaria, el virus
corruptor de la contingencia. Más aún: contingencia podría ser uno de los otros
nombres de la transgeneridad como dispositivo, si acaso buscáramos
reemplazar el suyo. Podríamos llamarla historicidad. Y, sin lugar a dudas,
también podríamos llamarla ironía.
El
trabajo que proyectaba escribir al recibir la invitación de Ciudadanía
Sexual consideraba la siguiente cuestión: ¿qué cambios ha producido la transgeneridad en el género? A poco de andar llegué a la conclusión de que la escritura de un
trabajo tal sería, sin duda, posible; sin embargo, su alcance se reduciria a
aquellos sitios donde la recepción genérica de la producción transgenérica ha
tenido y tiene efectivamente lugar, y donde un (o algún) cambio se ha
producido o está en camino de producirse, es decir, espacios minoritarios
dentro del feminismo político, cierta producción posfeminista –en
particular aquella orientada por el trabajo de Judith Butler-[2] así como aquella donde el concepto y la perspectiva
de género han sido incorporadas, críticamente, al marco de los estudios gays-lésbicos o de los llamados estudios queer. O bien estaría centrado en la lógica
de la promesa o de la esperanza –es decir, en aquellas cuñas conceptuales que
la transgeneridad podría producir, alguna vez, en la teoría y la
política genéricamente organizadas. Este enfoque descuidaría, un aspecto
central en la reconstrucción de aquello que la transgeneridad ha venido
y viene a significar para el devenir del género y su familia conceptual en la
región: la lógica hegemónica que gobierna su recepción. Nombrar esa lógica –a
título de hipótesis de trabajo– y explorar, tentativamente, algunas de sus
consecuencias ético políticas será entonces el propósito confeso de este
trabajo.
Como un primer paso, considero necesario despejar ciertas dificultades a la hora de interrogar los modos en
los que la transgeneridad ha sido recibida y tematizada en la región
–dificultades resumidas en la adjetivación habitual de los desafíos planteados
por las personas, comunidades y movimientos transgenéricos como
“novedosos”, “poco extendidos” y “minoritarios”. Sin lugar a dudas, un análisis
clasista sería particularmente necesario a la hora de abordar el ninguneo al
que es sometido en la región el pensamiento travesti, así como un análisis en
torno a la vigencia de la medicalización como orden del mundo sería
imprescindible para comprender qué supuestos lastran la recepción de la
producción transexual en Latinoamérica. De un modo muy curioso, la transgeneridad ha sido también juzgada y condenada por atentas lectoras de Rosi Braidotti,
Luce Irigaray o Teresa de Lauretis bajo el cargo de su origen extranjero,
reduciendo la producción transgenérica regional a una mera manifestación cipaya de saberes “del Norte”.
La colonización de la experiencia
transgenérica y su aprovechamiento en aras de la visibilidad y el
financiamiento por parte de grupos políticos “GLTB” ha conspirado fuertemente
contra el registro regional de un discurso transgénero autónomo, no
reducido a la agenda de la lucha contra la homofobia, la unión civil o la
adopción[3].
Estas y otras cuestiones sin duda deben ser tomadas en cuenta a la hora de
reconstruir la lógica que gobierna en la región la recepción genérica de la trangeneridad. No obstante, la hipótesis que sostendré a lo largo de este trabajo es otra –o,
en realidad, son dos, íntimamente relacionadas.
En primer término, considero que la
recepción que la perspectiva de género ha brindado y brinda a la
interpelación transgenérica se deriva, en última instancia, de los propios supuestos ontológicos en los que tal perspectiva se funda, así como del entramado epistemológico, ético y político que
configura al género como concepto, como perspectiva, como praxis y como horizonte. En segundo término, considero que tales supuestos y la
inteligibilidad genérica que instituyen convierten al género y a la perspectiva que orienta en instancias problemáticas en el mejor caso y opresivas en el peor
para nosotr*s.[4]
Dada la extensión limitada de este trabajo,
desarrollaré brevemente estas hipótesis de trabajo a través del examen de un
conjunto de tópicos que estimo centrales a la hora de abordar las tensas
relaciones entre género y transgeneridad.
Dos
aclaraciones previas son imprescindibles. En primer
lugar, considero que la transgeneridad como dispositivo de lectura reconoce en
las tradiciones feministas y posfeministas un legado propio, una herencia en
disputa –una genealogía crítica hacia la cual su postura nunca será, sin
embargo, la del affidamento. En segundo lugar, este trabajo no hace
suficiente justicia al trabajo incesante de aquellas feministas no
fundamentalistas, a aquellas que han abogado incansablemente por la ampliación
del universo de sujetos comprendidos por la enunciación genérica, a costa,
incluso de su defenestración pública –entre otros riesgos y realidades. A ellas
está dedicada esta intervención.
II
Tal y como se desprende de las diferentes reconstrucciones
históricas de la proposición del concepto de género –de sesgo político tan
diverso como, por ejemplo, las que proponen Donna Haraway y Bernice Hausman– su
utilización convencional actual parece haberse instalado a partir de su origen
biomédico. Este olvido constitutivo no lo es solamente de las
condiciones teóricas, políticas, tecnológicas de su emergencia, sino también
del universo de sujetos a los que la recién nacida categoría de género vino a
constituir y significar –básicamente, intersexuales y transexuales.[5] La adopción feminista del género como concepto y como perspectiva conservó, en lo esencial, los supuestos constructivistas y humanistas del
paradigma biomédico que le dio origen; pero, al mismo tiempo, esa conservación
adoptó la forma performativa de una sutura –invisible pero aún así
palpable: la que cose, ontológica y normativamente, género(s) y
diferencia sexual binaria[6]. El género renació, en ese entonces, como condición
predicable sólo de mujeres y hombres (en tanto “construcción social del sexo”)
y de la relación de desigualdad entre mujeres y hombres (como “categoría
relacional”).
A pesar de los diferentes trabajos orientados por la perspectiva
de género en torno al entramado sociohistórico que generiza la
diferencia natural entre los sexos, su mirada crítica no se ha atrevido a
proyectarse más allá de su secreto fundacional, a extenderse hacia los sitios
fuertemente medicalizados donde la diferencia sexual se produce,
hacia los dispositivos biotecnológicos específicos que instituyen y regulan la
lógica ¿inapelable? de la (in)corporación.[7] Por lo tanto, y a pesar de la segura
validez de sus intervenciones en pos del desmantelamiento del contrato
sexual, la perspectiva de género ha permanecido obstinadamente ciega
y sorda a aquel otro contrato originario, ese que establece la distinción entre
lo articulado en el binario genéricamente y lo inarticulable, ese que
podríamos llamar el contrato de abyección.
La absoluta dependencia ontológica de la perspectiva de género respecto de la diferencia sexual produce un inmediato y persistente efecto
óptico: dicha perspectiva sólo “ve” mujeres y hombres. Esta reducción
óptica le impone un límite férreo tanto a la posibilidad de reconocer el
universo de subjetividades que excede el binario de género como a la de abordar
críticamente la lógica que instituye órdenes diferenciados de subjetividad. El
cierre ontológico –y normativo– de la perspectiva de género en torno al
binario sexual incapacita su potencial crítico frente a fenómenos marcados por
un fortísimo sesgo de género, tales como las intervenciones quirúrgicas
“normalizadoras” practicadas en niñ*s intersex, el estigma y a vulnerabilidad
que marcan la experiencia travesti, los requisitos corporales que vuelven
sangrienta la reasignación legal del género, la violencia familiar, social e
institucional que sufrimos quienes expresamos formas no hegemónicas de la
masculinidad y la feminidad.. Pero no sólo estos fenómenos son opacos –o
invisibles– para la perspectiva de género; también lo es su propia
economía interior, su reproducción del patriarcado como lógica –falogocéntrica–
que identifica los sujetos a partir de su cuerpo sexuado y los fija a lugares
inapelables en su jerarquía y su desigualdad. De este modo, la dependencia de
la perspectiva de género respecto de la diferencia sexual como matriz de
subjetivación es rastreable, incluso, en la misma proposición de derechos
sexuales y derechos reproductivos –limitados, normativamente, a una humanidad
restrictiva, conformada por mujeres y hombres
A pesar del construccionismo expreso que caracteriza a la perspectiva
de género, dicha perspectiva no ha conseguido desmantelar su
relación constitutiva con la diferencia sexual como naturaleza, como origen y
como autenticidad. Esta relación, deconstruida magistralmente por Judith Butler
y Donna Haraway, entre otr*s– ha tenido y tiene consecuencias trágicas al nivel
de la recepción que la perspectiva de género brinda a la transgeneridad.
A la distinción y jerarquización –abordada en el punto anterior– entre
subjetividades se suma la reproducción de la lógica hegemónica de distribución
de sujetos en ejes generizados preestablecidos, desconociendo toda posibilidad
de configuraciones subjetivas diferenciadas. De esta manera, tal y como ocurre
con el Estado y la Iglesia, la perspectiva de género nos lee,
sistemáticamente, a través del que se considera nuestro sexo original,
natural, auténtico… bioanatómico.
Uno de los resultados es una tan extraña como persistente política
de organización espacial en términos de género –la cual ha excluido
sistemáticamente a travestis y mujeres trans de espacios destinados al género
femenino, sobre la base de una diferencia sexual naturalizada y una experiencia
del cuerpo y del género reificada. Otro, el constante juicio a la transgeneridad como inautenticidad reproductora masculinidades y feminidades no sólo
inapropiadas, sino, esencialmente, ajenas. Se trata de un cierre
expresivo, que al atribuir ciertas expresiones femeninas a las mujeres y ciertas
expresiones masculinas a los hombres, entrecruza ideales perfeccionistas en
torno al deber ser de los sujetos generizados con el funcionamiento de
un auténtico comisariado de la expresión de género.[8]
De este modo, la perspectiva de género no sólo respeta a
ultranza la disyunción normativa de atributos genéricos, sino que desconoce los
alcances desmesurados que alcanza la violencia reguladora a la que es sometido
lo femenino cuando no se trata de mujeres –la violencia sufrida por sujetos
inarticulables para esa misma perspectiva, como travestis y hombres
trans.[9]
Puesto que la transgeneridad ha sido y es considerada un
suburbio muy alejado de la metrópoli genérica –cuando no el territorio bárbaro
que se extiende extramuros- su valor como cultura y como tradición teórico– política
ha sido desconocida, por lo general, por quienes hablan, escriben y deciden
sobre el tema. Como si la perspectiva de género mantuviera con la transgeneridad la relación de colonialismo que los lenguajes mantienen con los dialectos, los
aportes poéticos y políticos transgenéricos han sido sistemáticamente
ignorados. En su lugar, en cambio y una vez más, bajo la lógica de la
apropiación colonial, la transgeneridad es evaluada en sus encarnaciones
concretas: “¿si la transgeneridad es subversión, por qué esta travesti
se pinta las uñas? ¿si la transgeneridad desafía el binario, por qué
usás nombre de varón”?, nos preguntan[10].
Como nativ*s dotad*s apenas de un cuerpo cuya significación sólo puede
establecerse de acuerdo a la lógica de quienes lo interrogan (se trate del
feminismo, el psicoanálisis o el derecho), la recepción de la interpelación
transgenérica tiene lugar bajo una incesante escopofilia.
La reducción de la transgeneridad a un conjunto de objetos
a significar, privados de la capacidad de significar que se reconoce a los
sujetos, es particularmente perceptible en el uso teorético que
pensadoras del género –desde Janice Raymond hasta Judith Butler, salvando las
diferencias– han hecho y hacen del universo transgenérico.[11] Este uso puede resumirse –con
las advertencias contra la simplificación extrema que todo resumen arriesga– en
la apelación a la transgeneridad como ejemplo autoconfirmatorio de la
teoría –cualquiera esta sea.
Todas y cada una de estas instancias de recepción y distribución
de la transgeneridad en el interior de la economía del género –recepción
y distribución que constituyen, finalmente, formas brutalmente generizadas de
recreación perpetua de una transgeneridad mutilada, cuando no
desconocida– configuran la atribución de un constante status subjetivo
menguado para aquell*s que la vivimos. Este status no se evidencia
solamente en las formas de la interpelación juzgadora o en las modalidades de
la inclusión teórica, sino también en la profunda identificación entre transgeneridad y heteronomía.
Esta identificación encuentra uno de sus ejemplos privilegiados en
la configuración actual de la transgeneridad como experiencia. Incluso
quienes desde sólidas perspectivas de género abordan análisis del
universo transgenérico rara vez perciben –admiten y subvierten– la
exclusión casi total de perspectivas transgenéricas en sus enfoques, a
pesar de insistir en hablar de transgeneridad, cuando no en nombre de nuestro mejor interés.[12]
La reducción del universo de experiencias y subjetividades transgenéricas a la monocausalidad del dominio patriarcal de la biotecnología nos constituye
como sujetos artificiales de una realidad igualmente artificial y ominosa. Esta
operación reductiva no solamente elimina toda agencia transgenérica,
remitiendo nuestras acciones a un sistema interpretativo clausurado desde el
vamos, sino que además objetiva, de modo imperdonable, la dimensión
biotecnológica. Si bien la naturaleza es aquello que, según afirma Donna
Haraway, nunca podemos dejar de añorar, es cierto también que la distinción que
acoge a hombres y mujeres en el orden natural y relega a sujetos transgenéricos al de la técnica como artificio que invisibiliza las tecnologías específicas
que configuran, el artificio de la naturaleza, el orden biopolítico. [13]
La relación de coextensividad planteada por la perspectiva de
género entre la transgeneridad y el sistema biotecnológico como
opresión se vincula, además, con la profunda identificación entre diferencia
sexual y humanidad sexuada. En este sentido, la apelación transgenérica,
para quienes quieran y puedan escucharla, no consiste –solamente– en el llamado
a una poshumanidad protésica, sino a la visibilización del carácter
protésico de la idea misma de una humanidad organizada por la diferencia sexual
como sentido. La persistencia de la humanidad sexuada –no como factum,
sino como ideal regulativo- continua trabajando intensamente al interior de la perspectiva
de género, mermando su capacidad para recibir, hospitalariamente, formas
de vida que tienen lugar más allá de las fronteras de esa misma humanidad
–como espacio cercado y como Ley.[14]
III
Reflexionar en torno a los aportes y desafíos que la transgeneridad ha planteado y plantea para el género y su familia conceptual exige, un
recorrido previo e imprescindible por las modalidades específicas que ha venido
adoptando el diálogo tortuoso entre una y otra perspectiva, los
malestares que recorren ambos campos y los supuestos –y prejuicios– que los
constituyen como tales, trazando fronteras y zonas de encuentro y confusión.
La frase de Teresa de Lauretis que sirve de epígrafe a este
trabajo habla –y no habla– de nosotr*s. Su referente es una subjetividad
excéntrica que, aún en su multiplicidad, no consigue ver ni nombrar más allá de
la misma lógica de la diferencia sexual a la que se enfrenta, a menos que
mirada y escucha reproduzcan, en lo esencial, la modalidad colonizadora de
siempre.
De un modo subterráneo, dificultoso, más ligado a las lógicas de
la perfomance, de la irrupción poética y del relámpago, la transgeneridad trabaja. Sobre la mesa de visecciones, contamina. La transgeneridad circula, en nuestros días, bajo las políticas de la amistad, y su decir es, en
todas partes, el habla de una lengua menor. He querido entonces recorrer
apenas, con mis palabras, algunos de los muros que históricamente han cercado,
y aún hoy cercan, la potencia irrefrenable de su interpelación. Esos muros
–lenguas coloniales, saberes caníbales, triunfos de lo mismo- son los que la transgeneridad escarba y continuará escarbando, como dice Ariel Rojman, con paciencia. Con
humor. Y con furia.
Notas
[2] Es posible sin embargo rastrear una recepción
completamente diferente de la transgeneridad en otra tradición feminista
–aquella que desde Monique Wittig a Beatriz Preciado resiste el mandato de la
diferencia sexual, considerando el carácter matricial, productivo,
instituyente –y no meramente constatativo- del género.
[3] Berkins (2003); Fernandez (2004).
[4] Se
trata, por supuesto, de un “nosotr*s” imaginario, que reúne, al decirse, a la
comunidad de aquell*s que compartimos, en diferentes regiones, culturas y
lenguas, experiencias cercanas de escritura, reflexión y activismo, así como
aquellas otras experiencias –las de la extranjería, la inhospitalidad, la
exclusión- que configuran buena parte del “nosotr*s” transgenérico en el
presente. Pero, sobre todo, y por suerte, se trata de la comunidad de la
celebración.
[5] Haraway (1995); Hausman (1995) Véase también Meyerowitz (2002).
[6] Esta estrecha ontología
generica puede rastrerse sin dificultades en sitios tan variados como la
producción de Rosi Braidotti, Teresa de Lauretis, Nancy Fraser, Celia Amorós y
Alda Facio (por citar algunos nombres habitualmente asociados con el género y
su perspectiva a nivel regional), así como en los diferentes
instrumentos regionales e internacionales de derechos humanos, las agendas
políticas nacionales de la región, los programas académicos de estudios de
género y los espacios institucionales orientados por la perspectiva de
género.
[7] Utilizo el concepto de (in)corporación en este contexto para hacer referencia, a un tiempo, tanto a los mecanismos de
inclusión –en el lenguaje, el Estado y el género, en principio- como aquellos
que, de modo simultáneo, hacen cuerpo (en el sentido específico de carne
normativamente organizada y significada). Véase Crary y Kwinter (1992), y
también el trabajo de Paula Machado en este mismo dossier.
[8] Butler (2002)b; Sullivan (2003).
[9] Véase, por ejemplo, la extraordinaria dependencia del nomadismo de Braidotti
(2004) respecto de la diferencia sexual, y el |