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Nº2 Año 1 |
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ARTICULOS
& ENTREVISTAS
Estado
Laico y Libertad de Opinión:
Buscando un pacto político
Por Ana Güezmes
Entre los mayores logros del individuo y de las colectividades se encuentra
la libertad. Conforme las sociedades se desarrollan, se expresan en
las políticas nuevas vertientes de la libertad: de conciencia, de pensamiento,
de culto, de expresión, de tránsito, de asociación, de elección, de orientación
sexual...y todas estas afluentes de la libertad convergen en la laicidad.
En el artículo pretendo explorar una serie de argumentos que he escuchado para
no avanzar en el estado laico, y abordar la dificultad de avanzar como ciudadanos
modernos en estas circunstancias, principalmente en asuntos vinculados a la
sexualidad. Muchas de las ideas son producto de tertulias con el filósofo Guillermo
Nugent y la historiadora Maria Enma Mannarelli:
Mito 1: El término laico se opone a lo religioso
El término laico es muy cercano al de soberanía popular y no se opone a lo religioso
ni a las espiritualidades expresadas en religiones escritas u orales sino a
lo teocrático (gobierno en nombre de Dios) y al autoritarismo de los dogmas
que se intentan imponer como verdades universales para todos.
Un estado laico significa que iglesias y estado están realmente separados, no
es neutral, ya que debe ubicar a las creencias en el ámbito privado, aunque
los creyentes y sus organizaciones puedan tener manifestaciones en el espacio
público. Esto no es fácil, en países con una larga tradición de influencia de
la iglesia católica en el poder político.
El segundo eje del estado laico implica que las religiones se sometan a las
leyes comunes (en ese sentido es importante revisar los privilegios tributarios,
educativos, y en materia de participación que tiene la iglesia católica en América
Latina). Un ejemplo de lo difícil que es someter a los poderes religiosos a
la ley, se dio cuando se discutía en Perú la ley para prohibir que se expulsara
a las adolescentes embarazadas de las escuelas. Después de un debate bastante
ajeno al sentido común de un país dónde cerca del 20% de mujeres son madres
o están embarazadas en esta etapa, el congresista Rafael Rey y otros jerarcas
católicos presionaron para que esta ley no aplicara en los colegios privados
(es decir los católicos).
El estado laico no debe reconocer a ninguna religión, son los creyentes los
que deben hacerlo. La democracia es laica o no es democracia. Los estados
confesionales como el Vaticano o Irán no se legitiman en la soberanía popular
y contradicen el principio mismo de la convivencia democrática.
Mito 2: Si la mayoría de la población es católica, ¿por qué no debería serlo
su estado?
Por una razón muy simple contesta Mario Vargas Llosa en El Lenguaje de la Pasión:
“ninguna Iglesia es democrática. Todas ellas postulan una verdad, que tiene
la abrumadora coartada de la trascendencia y el padrinazgo abracadabrante de
un ser divino, contra los que se estrellan y pulverizan todos los argumentos
de la razón, y se negarían a sí mismas –se suicidarían- si fueran tolerantes
y retráctiles y estuvieran dispuestas a aceptar los principios elementales de
la vida democrática como son el pluralismo, el relativismo, la coexistencia
de verdades contradictorias, las constantes concesiones recíprocas para la formación
de consensos sociales”.
Ningún dogma, aunque fuera "creído" por la totalidad de los ciudadanos,
puede imponerse, en una democracia, como decisión política. Los dogmas son verdades
inapelables. En buena cuenta, la exigencia por un estado laico desde nuestra
situación como país es no sólo la doctrinaria separación entre estado e iglesias,
una de las demandas históricas de la cultura liberal política en los tiempos
modernos. Es en particular, un cuestionamiento a los privilegios políticos
y culturales de la iglesia católica romana y un desafío a nuestras propias capacidades
para desarrollar un sentido amplio de ciudadanía participativa.
Mito 3: El debate sobre estado laico no es una prioridad
El Perú en un país que nos muestra profundos procesos de exclusión, y de inequidad.
La pobreza, el subempleo, la fractura social, la debilidad del sistema político,
el centralismo y la debilidad de las instituciones son prioridades que afectan
al país. Entonces, ¿por qué es importante hablar sobre estado laico? ¿Acaso
un estado laico resolverá los problemas económicos, sociales y políticos coyunturales
y estructurales del país?
Posiblemente sólo no, pero de lo que si estamos convencidas es que un estado
y una inversión real en una cultura laica nos hará mejores ciudadanos. La propuesta
de estado y cultura laicos contiene una concepción de la persona como individuo,
sujeto de derechos y responsabilidades; y una concepción de la organización
social formada por ciudadanos plenamente iguales frente a la ley, en la que
ningún individuo ni institución está por encima o por fuera de la ley. Es decir,
la ley es la misma para todos y de cumplimiento obligatorio. Un estado y una
cultura laica, implica la pluralidad y la tolerancia, particularmente con respecto
a minorías de cualquier naturaleza: religiosas, políticas, étnicas, de orientación
sexual, entre otras.
La consecuencia de un estado con tutela clerical es que hoy, seguimos sin poder
ver en el otro, en la otra, un individuo exactamente igual que nosotros, tanto
en sus derechos como en sus responsabilidades. Me atrevo a preguntar:
¿Podemos salir de la pobreza, como individuos, como sociedad, como nación, sin
ciudadanos plenos?
¿ Podemos pretender el desarrollo de la ciudadanía si no desarrollamos un espacio
público libre de tutelajes de cualquier tipo, pero particularmente doctrinarios
que nos digan todo el tiempo lo que podemos y lo que no podemos debatir e incluso
pensar?
¿Se puede construir ciudadanía bajo reglas de funcionamiento en donde determinados
individuos e instituciones se arrogan el privilegio de determinar lo que queda
fuera de debate o la verdadera moral pública?
¿Creemos acaso que la superación de nuestros problemas es obra de un milagro?
¿Creemos acaso que la superación de nuestros problemas es algo que puedan hacer
un puñado de bienintencionados e iluminados?
¿Seguimos buscando una solución providencial?
Obviamente, creemos que no, para nosotras, la respuesta por tanto es que el
estado laico es un primer paso indispensable y no negociable, renunciable ni
postergable. El desafío ahora es cómo hacer sentir esta muy concreta e ineludible
relación entre estado laico, democracia, ciudadanía y calidad de vida de todos
y todas.
Mito 4: Debemos reconocer la importancia de la iglesia progresista en las luchas
sociales.
Este es el mito más difícil para mi, ya que trabajo en muchas organizaciones
con personas de organizaciones católicas, pero creo que también debemos preguntarnos
al menos e intentar esbozar una respuesta.
Por un lado pienso que debería como ciudadanos preocupar a los creyentes y más
a nuestra clase política que la iglesia católica sea una de las “instituciones”
con mayor reconocimiento social. A mi este dato, no me habla de la legitimidad
de la iglesia, sino de la debilidad de las instituciones públicas. Un ejemplo
cercano a mi es el caso español, la gente sigue declarándose católica, aunque
la mayoría no practica (religión segura y sin riesgos de confrontación), pero
la realidad, es que cada vez menos españoles dedican sus tributos a su propia
iglesia y la depositan en las ONGs de carácter laico. No me cabe duda de que
España se ha institucionalizado después de 40 años de dictadura franquista que
se vendió al mundo en nombre de una cruzada religiosa contra los rojos.
Ejemplos en América Latina como México y Uruguay nos permiten también observar
el avance de las instituciones públicas cuando el estado relega a la característica
de asociaciones a las organizaciones religiosas.
Por otro lado, tenemos ejemplos de cómo muchos de “los progresistas” sigue colocando
en censura una pluralidad de temas, principalmente vinculados a la sexualidad,
para no confrontarse con los poderes de su iglesia (con excepciones como el
caso de las Católicas por el Derecho a Decidir). Nadie puede dudar del
rol que jugó la Vicaría de la Solidaridad en Chile, pero resulta simbólico que
hasta ahora no haya ley de divorcio civil en ese país. Tenemos a Salomón Lerner
presidiendo la Comisión de la Verdad, y reconocemos lo que está haciendo como
defensor de derechos humanos civiles y políticos, sin embargo como rector de
la Universidad Católica de Perú ha presentado un tríptico francamente misógino
y homofóbico que se ha repartido entre todos los postulantes a su Universidad.
Los derechos humanos son integrales, interdependientes y universales o no son.
En general en el Perú en cada mesa de concertación o espacio de resolución de
conflictos hay un cura, el problema es que no siempre es por sus méritos ciudadanos,
sino porque se sigue pensando que se necesita el poder religioso para legitimar
la acción ciudadana. Además se coloca un velo de incienso subjetivo dónde es
muy difícil ni siquiera mencionar el tema de sexualidad, como que cae irreverente
abordar estos temas de interés público delante de una figura religiosa. Estas
personas, que realmente han hecho muchas cosas meritorias tienen todo el derecho
de actuar y participar en la vida política en cuanto a ciudadanos, el problema
es cuando se les revierte de una especie de “estatus especial” por el hecho
de ser líderes de una religión, es decir se mina el principio de igualdad de
opinión base de la democracia, al confundirse la frontera que hay entre las
asociaciones sociales y las religiosas.
Otro problema es que en la medida que la religión católica tiene entre sus clérigos
el principio de obediencia, y reconocimiento de una autoridad que ni siquiera
eligen los cristianos, considero que hay aspectos indefendibles, desde una
perspectiva democrática, en la propuesta hegemónica de la iglesia católica:
la relegación de las mujeres a condiciones de subordinación extrema, la doctrina
oficial sobre la sexualidad humana, la oposición a la libertad de pensamiento,
podríamos seguir con la influencia pública del Vaticano a favor de Pinochet
cuando fue detenido en Londres, la criminal condena moral y la publicidad engañosa
de los condones en plena época del SIDA, y el encubrimiento sistemático a sus
funcionarios violadores de niños. Todo ello es reconocido por los progresistas
católicos, pero siempre sotto voce. Porque ‘no conviene’, ‘no es el
momento’ y demás variantes de lo que en general se debe tipificar como una
actitud de oportunista sigilo. Progresistas en algunos temas, sin duda, aunque
con poca confrontación pública con las autoridades más reaccionarias, ya que
prima sobre ellos el tema de la “infalibilidad papal”. Este voto de obediencia
recorta la ciudadanía de muchos grupos católicos progresistas.
Por último quiero señalar con esperanza que cada vez más personas religiosas,
empezando por aquellas pertenecientes a religiones no hegemónicas se unen a
la demanda de estado laico como salvaguarda además del principio de la pluralidad
y libertad de cultos.
El temor de los políticos para defender el estado laico
El fundamentalismo no se refiere sólo a la imposición de ideas
que nos pueden parecer extremas, sino al interés de que verdades reveladas que
caracterizan a los grupos religiosos, se conviertan en principios para todos
los demás, incluso en contra de los acuerdos de derechos humanos.
Es grande el temor de los políticos, incluyendo los partidos de historia agnóstica
al defender un estado no laico en nombre de un falso respeto a la tradición
católica de América Latina. Algunos ejemplos simbólicos de la importancia
que tiene el estar “a bien” con los poderes privados, son las bodas católicas
de los gobernantes agnósticos, los actos públicos que siempre son “bendecidos”
por una autoridad religiosa, y toda un conjunto de símbolos que políticamente
no dejan de marcar finalmente el poder de la religión sobre la esfera pública.
El día en que la iglesia católica deje de ser según las encuestas una de las
instituciones más respetadas en el Perú, para que nuestras ahora frágiles instituciones
públicas sean las que mayor confianza le dan a la gente; ese será un momento
en que no sólo el país sino las propias religiones que coexisten en el país,
incluyendo la católica tendrán un motivo para alegrarse. El día en que los políticos
dejen de llamar a sus delitos “pecados” estaremos ante una clase política más
responsable. El día en que la clase política pierda el miedo a enfrentarse a
los abusos y controles de los poderes tutelares como el militar y el clerical,
tendremos mayores posibilidades para ejercer nuestras libertades, e integrarnos
como país. El día en que la iglesia católica deje de pasarle factura al estado
que es de todos y todas, estaremos ante una mejor posibilidad de vivir en democracia.
Posiblemente como ha ocurrido en España, México, Uruguay, y la mayoría de países
europeos, los políticos no ganarán más votos por ir a misa, sino por sus programas
políticos y su posibilidad de lograr acuerdos sociales y hacer realidad los
derechos humanos.
La Sexualidad: el núcleo de la disputa en América Latina
A diferencia de otros períodos donde el conflicto entre el estado moderno y
la iglesia católica estuvo marcado por una cuestión de tributos ,de propiedades
de tierra, de regímenes políticos, en la actualidad el espacio del conflicto
está dado por la sexualidad y el diseño de políticas públicas en materias de
derechos sexuales y derechos reproductivos.
Estos conflictos cubren un rango desde pedir la prohibición de películas del
tipo El crimen del padre Amaro hasta presionar por la restricción del
suministro de métodos anticonceptivos en dependencias públicas, hacer propaganda
francamente homofóbica en la plaza pública, o llamar cobardes a los congresistas
desde los púlpitos por simplemente hablar de aborto, o suprimir la publicidad
de condones en las campañas de prevención del SIDA. En todos estos casos no
estamos ante una situación de ‘diferencia de opiniones’ que es aceptable dentro
de un esquema democrático; más apropiado es calificarlo como privilegios
de opinión, donde unas voces están en condición de sustraerse a un debate
público porque se creen poseedores de un estatuto tutelar de la moral pública.
Las relaciones de parejas o sin pareja, el ejercicio de la sexualidad, el deseo
sexual, la paternidad y la maternidad no son decisiones públicas. Son libertades
trascendentales de las personas que conllevan derechos ciudadanos y compromisos
estatales para su ejercicio. Sin embargo, los tutelares de la moral pública,
como la jerarquía católica no aceptan que tomemos decisiones íntimas sobre nuestra
sexualidad. Al contrario, pretenden estar con nosotras en la cama y exigen que
se tengan todos los hijos que Dios desee, prohíben el uso de anticonceptivos
modernos, hablan sobre la suciedad del sexo por placer, o del sexo creativo
más allá del coito, nos llaman desviados, en fin... Por suerte, gran parte,
si no es que la mayoría de las y los latinoamericanos tienen actitudes más tolerantes
respecto a la sexualidad y la reproducción que las planteadas por la iglesia
católica: se divorcian, usan anticonceptivos, interrumpen embarazos, tienen
relaciones con personas de un cuerpo igual al suyo, en fin...
Para concluir o para empezar el debate...
Lo público, finalmente, es lo que es de todos/as y para todos/as, mientras que
lo corporativo se refiere a los intereses de determinados grupos, los cuales,
aunque eventualmente legítimos, no son necesariamente públicos. Los consensos
que busca la política de estado, deben tener como marco de partida para el diálogo
y la concertación los compromisos en materia de derechos humanos.
Renunciar al laicismo es renunciar a la modernidad y es darle entrada al arrogante
fundamentalismo. La modernidad constituye un proyecto cultural que difunde valores
vinculados a la promoción de la libertad individual, de la libertad social,
al progreso social en el sentido de desarrollo de potencialidades personales,
y a una vocación democrática que lleva a la defensa de la tolerancia y el pluralismo.
* Ponencia basada en el Seminario Mujer y Reforma Constitucional . 4 de Diciembre
de 2002, organizado por el Movimiento Manuela Ramos. Lima.
Sobre la autora
Ana Guezmes. Feminista, y médica con especialidad en salud pública.
Integrante del Comité Coordinador del Programa de Estudios de Género
de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Investigadora asociada del Centro
de la Mujer Peruana Flora Tristán, integrante del Consejo Directivo del
Forosalud y coordinadora del Observatorio de la Salud del Consorcio de Investigaciones
Económicas y Sociales.
e-mail: aguezmes@terra.com.pe
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Sexualidad
libre y laicismo de pantalla
Por: Cristina Grela
Actualidad
Ante los desmanes que las influencias fundamentalistas están causando dentro
de las Naciones, urge la toma de conciencia y necesidad de contar con Estados
Laicos para hacer vigentes a los derechos humanos, y en especial, entre ellos,
los derechos sexuales y reproductivos en todas sus dimensiones.
Tanto los países como las Agencias Internacionales y las Iglesias discuten internamente
los principios del mismo. Se abre así, una complejidad que es tan variada
como las sociedades y tan rígida como cada una de las instituciones es a sí
misma.
Como caso de análisis en el tema , Uruguay , en el contexto latinoamericano
es ejemplificante para conocer, en breve, el transcurrir histórico del Laicismo
de Estado que ha dicho ejercerlo y respetarlo por casi 100 años y que se ha
desarrollado sobre arenas movedizas y agendas estratégicas disociadas, tratando
de respetarlo y de olvidarlo frecuentemente.
Los postulados laicos en el país, se gestan antes del novecientos, y son
llevados a la realidad concreta en 1918, cuando se ejecuta en documentos la
separación para siempre de la Iglesia Católica del Estado Nacional.
En un continente, signado por una cultura occidental y cristiana, para mostrar
tales decisiones, se afirmó para borrar rastros de culturas autóctonas, imponer
libertades civiles y sexuales con muchos títulos contundentes , negar la palabra
Dios y sus signos en los edificios públicos, en la Enseñanza, en los hospitales.
Sin embargo, estas medidas impuestas por el Estado y con escasa convicción
popular en una sociedad que acumulaba inmigrantes europeos de países católicos,
fue escondiendo un puritanismo civil a ultranza, disimulado por las sutilezas
de la palabra oral y escrita, en mucho discurso y poco cambio en la cultura
social prevalente.
Aunque el país desde 1918, se sintió muy orgulloso y dirigió a si mismo con
autonomía en conceptos de justicia y democracia autónoma con gran influencia
de los postulados de la Revolución Francesa, declaró a la Enseñanza “Laica,
Gratuita y Obligatoria” en todo el territorio nacional”, aprobó el Divorcio
también por la sola voluntad de la mujer en 1907 y las mujeres pudieron votar
en 1942, el laicismo sólo se vivió ad integrum por algunos sectores.
¿Dónde aparecieron las ambivalencias?
El laicismo es una política de Estado que parece no estar jamás en discusión
como tal. No hay presidente que jure por dios sobre libro alguno ni que se invoque
su presencia para iniciar, culminar o apoyar ninguna de las propuestas y actividades
del accionar del Estado.
Frente a este planteo, podríamos creer que estamos frente a un país que profesa
el Laicismo como centro de las libertades personales y colectivas, el respeto
a la diversidad y la pluralidad, donde la discriminación no fuera un hecho cotidiano
y la libertad de elegir opciones sexuales fuera un postulado intocable.
Los hechos más salientes
Hay muchos, pero voy a referirme solamente a cuatro de ellos que muestran el
cuerpo de la posición:
¿ Qué es un Estado Laico?
Los artículos que se presentan en esta revista ahondan en ello y, en pocas palabras
es :
"Un estado que reconociendo la multiplicidad, diversidad y pluralidad
cultural y ética de su ciudadanía como valores, desarrolla una postura que
defiende la independencia de las personas, de la sociedad y de él mismo de toda
influencia religiosa , se crea y construye hacia la vigencia de los derechos
humanos plenos e integrados, los que se reflejan en sus instituciones".
El conflicto
Puesto en práctica este concepto en el país a comienzos del siglo XIX y bajo
la influencia de la Iglesia Católica queriendo ocupar el lugar de privilegio
que ha tenido en la región, una ola de actitudes anticatólicas se revelaron
en organizaciones sociales y gremiales, en escritores, poetas, pensadores y
políticos. La misma coincidió con las llegadas de inmigrantes anarquistas que
reforzaron una corriente anticlerical.
La reacción de la Iglesia Católica fue reforzar sus manifestaciones callejeras
que a modo de procesiones, eran verdaderas demostraciones de poder y de reivindicaciones
sobre la falta de oportunidades y equidades que se tenía como católicos.
Mientras esto fue transcurriendo en lo público, mostrando logros y retrocesos,
discursos y realidades, en el mundo de lo privado la ideología puritana católica
signada por la doble moral y el estereotipo de roles fue encarcelando a las
mujeres en el mundo de la casa, en el rol de esposa y cuidadora de sus hijas
a las que se les asignaron los colegios confesionales católicos y manteniendo
la “libertad del hogar” para los hijos varones que concurrieron a colegios laicos,
públicos o privados.
En estas dualidades se fue formando el Uruguay del siglo XX con el resultado
de la hipocresía , la doble moral y el estereotipo de roles para la disociación
de los dos mundos.
Todo en un pequeño espacio de tierra que nunca superó los 3 millones de habitantes,
concentrados en ciudades, porque la economía de ganadería extensiva fue la forma
corriente de producción.
Esto ha tenido repercusiones positivas y negativas en esta sociedad uruguaya
del presente , objeto para otro análisis del presente.
Entonces...
Reconociendo al laicismo como una mirada, una política, una doctrina necesaria
y deseable para las libertades públicas y privadas de un país y el ejercicio
de los derechos humanos plenos, es dable saber que la sola mención del mismo
en documentos y decretos, no lo hacen vigente.
Y aunque esto nos parezca obvio ...esto no es menor.
El tiempo de cambios profundos lleva más que el tiempo legal, el tiempo educativo,
el tiempo incesante de la transformación.
Para el mismo, la gota que marca la piedra, el esfuerzo mancomunado de los actores
sociales, la voluntad política de los Estados, no puede abdicar jamás, ya que,
en los rescoldillos de la cultura patriarcal hay rincones para que los más retardatarios
usen en un momento de distracción.
Para ello, la institución Iglesia Católica tiene sus poderes e influencias organizados
de manera tal que, como desde sus comienzos, se usen de uno u otro modo, llegando
con formas sutiles o violentas y también haciéndose dueña del lenguaje cooptado
de los derechos humanos o pidiendo piedad por los suyos. Este antivalor que
en nombre de Dios se usa para la opresión es común a las macroreligiones fundamentalistas
y está presente en los países del mundo que encuentran las formas de hacerlas
políticas de Estado.
Tener en cuenta entonces que:
Montevideo, Uruguay
Marzo 2003
De la autora del artículo
Cristina Grela es médica, feminista y sexóloga con formación
en Psiquiatría y Ginecología. Es activista por los derechos de
la Mujer y en especial por los derechos Sexuales y Reproductivos y el derecho
al Aborto sin riesgo. Trabaja en Sexualidad y Salud Mental con grupos de mujeres,
docentes y profesionales de la salud. Publica artículos, guías
y manuales educativos en todos estos temas.
En 1989 funda la Red de Católicas por el Derecho a Decidir en América
Latina la que coordina hasta 1997 y que le permite conocer la realidad del continente
y las presiones generales y locales de la Iglesia como el descontento de las
mujeres desde sus necesidades y la obediencia exigida por la Institución.
Actualmente es asesora de dicha Red.
Coordina desde 1998 la Comisión de Mujeres Uruguayas para el Seguimiento
de las Conferencias de Cairo y Beijing por lo que participa y es delegada oficial
en las Conferencia Mundiales y sus evaluaciones.
E-mail: cgrela@montevideo.com.uy
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Ciudadanía
y minorías sexuales
Por Mario Pecheny
Introducción
En América Latina, los gays y las lesbianas vienen desarrollando estrategias
políticas en vistas a la redefinición del estatus de subordinación en que se
encuentran. En este texto, discutimos las reivindicaciones políticas de estas
minorías sexuales efectuadas en nombre de derechos, que pugnan por inscribir
el tema de la sexualidad y las relaciones amorosas en el reclamo por una ciudadanía
plena. Planteamos la hipótesis de que las prácticas políticas que apuntan a
revertir la subordinación de la homosexualidad no se limitan al espacio de la
política formal (legislación, políticas públicas) sino que se desarrollan también
al nivel de espacios intermedios ligados a las particulares formas de sociabilidad
de las personas homosexuales. El tono del artículo es analítico, basado en la
experiencia argentina y de otros países a partir de la segunda mitad de los
años noventa.
En lo que sigue mencionamos algunas hipótesis que nos parecen fecundas para
estudiar los modos en que se estructura la sociabilidad de las personas homosexuales,
cuyas identidades pueden ser calificadas de “discretas” según varios sentidos
[1] . Estos modos de sociabilidad se refieren tanto a las relaciones socio-personales
entre homosexuales como a las relaciones con el entorno no-homosexual. Según
nuestra observación del caso argentino, dichos modos de sociabilidad caracterizan
a gran parte de aquellos que no comparten la sexualidad heterosexual hegemónica,
fundamentalmente a los pertenecientes a sectores medios urbanos. Por último,
argumentamos que estos modos de sociabilidad tienen implicancias en términos
de las estrategias políticas del movimiento de minorías sexuales.
Las hipótesis son las siguientes:
Luego de resumir brevemente estas hipótesis, vamos a detenernos en dos cuestiones:
el tipo de reivindicaciones de las minorías sexuales y el lugar del cambio
social en materia de sexualidad y de relaciones amorosas. Según nuestra investigación
focalizada en el caso argentino:
1) La homosexualidad constituye un secreto fundante
de la identidad y las relaciones personales de los individuos homosexuales
Tomamos aquí la definición de “homosexualidad” como la tendencia a buscar placer
sensual mediante contactos físicos con personas del mismo sexo más que con personas
del sexo opuesto (Dover 1982:13). En el presente trabajo, cuando hablamos de
“homosexuales” nos referimos exclusivamente a personas que sienten deseo hacia
las de su mismo sexo, sin intentar adoptar la apariencia física del sexo opuesto
- como en el caso de las personas travestis -, en tanto que con los sustantivos
y adjetivos “gay” y “lesbiana” nos referimos más precisamente a quienes asumen
con cierto grado de publicidad su orientación sexual.
En nuestra sociedad, la homosexualidad es una dimensión de la personalidad que
constituye un motivo de estigmatización, discriminación y exclusión. Esta dimensión
tiene dos rasgos específicos: por un lado, en general, la homosexualidad no
es evidente ante los ojos de los demás, ya que se puede ocultar con relativa
facilidad; por el otro, en principio no es compartida por el núcleo de socialización
primaria, formado por la familia, amigos de la infancia, etc. (Con esto queremos
decir que normalmente el niño o adolescente que desarrollará una vida homosexual
se cría en un ambiente heterosexual).
Independientemente de que a lo largo de la vida la mayoría dan a conocer a los
demás su orientación sexual (el “coming out”), nuestra hipótesis es que
la homosexualidad constituye un secreto fundante de la identidad y las relaciones
personales de los individuos homosexuales.
El modo predominante de interacción social respecto de la homosexualidad conforma
un sistema “hipócrita”, calificado así por Andrew Sullivan (1995) porque presupone
y reproduce un doble estándar de juicio según se trate del espacio privado o
del espacio público. Este tipo de “tolerancia” no equivale a la plena aceptación
ni al reconocimiento social. Sin embargo, ese mínimo de aceptación convenía,
y aún conviene, a muchos homosexuales. En efecto, con un poco de discreción,
una vida homosexual más o menos feliz puede ser vivida en el interior de los
límites que impone la sociedad, a pesar de las complicaciones derivadas del
hecho de mantener una doble vida. Este sistema de interacciones “hipócrita”
sólo puede funcionar en la medida en que las personas espontáneamente estén
dispuestas a practicarlo. Exige asimismo la demarcación de la homosexualidad
en dos ámbitos separados, el público y el privado, y una sociedad que se encuentre
cómoda con dicha distinción.
2) Dado este secreto, los lazos de sociabilidad se estructuran según
mundos definidos en función del conocimiento del secreto: el de aquellos que
no saben nada, el de aquellos que están al corriente y el de los pares del mundo
homosexual.
Esquemáticamente, las relaciones personales de los homosexuales se
estructuran en tres mundos entrecruzados, definidos por su posicionamiento respecto
del conocimiento de la orientación homosexual: el de los que no saben nada,
el de los que están al corriente y el de los pares del mundo homosexual. Estos
mundos no sólo se cruzan entre sí, sino que atraviesan los distintos niveles
que van desde lo privado-íntimo hasta lo más público-político.
El hecho de que exista un vasto mundo de relaciones personales formado por aquellos
“que no saben nada” de la vida sexual y afectiva de una persona que les es en
otros sentidos muy cercana, se explica por la situación de discriminación de
la que es objeto la homosexualidad y el temor anticipado de recibir una actitud
discriminatoria.
Un segundo mundo está compuesto por “los que están al corriente”. Éstos no necesariamente
constituyen la mayoría de los miembros de los entornos sociales o familiares
de un individuo homosexual. En un extremo, al interior de los que están al corriente,
se encuentran aquellos que “saben pero no hablan de ello” – un caso más que
típico – y en el otro extremo se encuentran aquellos que a partir de su inclusión
en el mundo más íntimo o privado hasta refuerzan sus lazos de confianza y apoyo.
Finalmente, uno o más mundos de pares homosexuales han existido siempre. Lo
que cambia históricamente es su grado de visibilidad. Tal mundo posee sus propios
códigos de lenguaje y de comportamientos, incluyendo modos de vestirse o de
mirarse en la calle.
Los espacios físicos de sociabilidad homosexual están en principio ligados a
los encuentros de seducción y sexuales: bares, lugares de levante, saunas, es
decir espacios casi clandestinos. Esto plantea dificultades específicas para
la constitución de un movimiento sociopolítico, que por definición aspira a
ser público. A pesar de esta contradicción, la salida a la política y a la opinión
pública por parte de las minorías sexuales se produjo en este tipo de espacios.
3) Las fronteras entre tales mundos son permeables y flexibles.
La adopción de distintos roles, la “doble vida”, que parece caracterizar
la vida de los homosexuales en un contexto discriminatorio, ha sido facilitada
por el desarrollo urbano. Si éste permite la organización espacial y temporal
(según horarios) de los vínculos sociales atravesados por el posicionamiento
respecto de la orientación sexual, los límites entre los mundos recién descriptos
no son fijos ni infranqueables.
Siguiendo a Zempleni (1984: 104-111), el secreto – en tanto forma de relación
social – está cargado de tensión y manifiesta una “tendencia incoercible” a
abrirse paso. Este proceso se da bajo tres formas típicas: la revelación, la
comunicación y la secreción, que Zempleni analiza en términos de pragmática
lingüística, proceso que hemos analizado en otros trabajos (ver nota 1).
La conclusión de este punto es, brevemente, que el mantenimiento de los límites
del secreto – límites difusos, inestables, dinámicos – requiere un esfuerzo
compartido por unos y otros. La invisibilidad homosexual no es un estado de
equilibrio o de reposo, sino que implica un esfuerzo activo, sobre todo en los
últimos años en que lo gay interpela cada vez más desde el espacio público a
quienes no se enteran de las sexualidades o relaciones afectivas mantenidas
en secreto.
4) Los lazos personales establecidos entre pares tienen consecuencias
importantes para distintos aspectos del desarrollo individual como ser social
(en términos de movilidad geográfica, acceso al mercado laboral, a círculos
económicos y culturales distintos del original, etc.)
Argumentamos aquí a favor del interés de explorar empíricamente esta
hipótesis, que puede desdoblarse en dos: primero, que existe una solidaridad
entre homosexuales, que los lleva a privilegiar los lazos socioprofesionales
con sus pares; segundo, que dicha solidaridad atraviesa vertical y horizontalmente
los clivajes y diferencias sociales.
Más allá del hecho de que cualquier tipo de red social tiene alguna influencia
en cuanto a la inserción profesional de sus miembros, la primera afirmación
se sustenta en numerosos indicios que hablan del apoyo recíproco entre quienes
experimentan vicisitudes similares. No es difícil en este sentido que un homosexual
pueda ponerse en el lugar de otro, en cuanto a ciertas experiencias típicas
de la vida, y que lo “entienda”. Además de esto, el lazo puede estrecharse a
partir de códigos compartidos en la socialización homosexual, amén de intereses
sexuales, afectivos o amistosos comunes.
La segunda afirmación se resume en la idea de que los lazos personales entre
homosexuales – incluyendo las relaciones de pareja y de amistad – son más exogámicos
en términos de clase, de geografía, de edad y de estatus sociocultural, que
entre el resto de las personas. Incluso, para algunos autores éste es el rasgo
particularmente perturbador de la homosexualidad, la cual no respetaría los
cánones establecidos de las relaciones sociales consideradas legítimas.
Dicho en pocas palabras, a partir de estos elementos, sugerimos la idea de investigar
hasta qué punto el modo de vivir la sexualidad y los sentimientos amorosos en
las personas homosexuales constituye una variable importante para comprender
la movilidad social horizontal y vertical de tales personas.
5) El desarrollo de un movimiento sociopolítico gay y la aparición del
sida comenzaron a romper las fronteras entre los mundos.
Sólo nos interesa señalar que este movimiento plantea la visibilidad
a la vez como un objetivo y un medio político, que echa por tierra el lugar
de discreción tradicionalmente atribuido a los homosexuales. El movimiento de
minorías sexuales redefine el sentimiento de vergüenza o indiferencia en términos
positivos, incluso de “orgullo”. Un argumento central del movimiento gay a favor
de la visibilidad es que si todos los homosexuales se dieran a conocer como
tales, se pasaría un umbral a partir del cual el sistema hipócrita se volvería
insostenible. Este movimiento permitiría banalizar la diferencia sexual, constituyendo
así un principio de aceptación efectiva.
El análisis de la situación política de las minorías sexuales nos permite presentar
algunas modalidades de la dialéctica que existe entre lo privado y lo público.
Esta dialéctica implica la redefinición de los límites entre dichos ámbitos,
la cual permite a su vez la transformación pública y política de las relaciones
privadas e íntimas.
Tanto los socialistas como las (y los) feministas han criticado las relaciones
de dominación inherentes a la división liberal de la sociedad en un ámbito público
y uno privado. Tales críticas señalan correctamente que, en un sistema capitalista
y patriarcal, la igualdad política se monta sobre una estructura social basada
en la opresión entre las clases y entre los sexos. Sin embargo, la división
entre lo público y lo privado no sirvió únicamente para cristalizar relaciones
de dominación. En efecto, la evolución histórica y social sigue una dialéctica
conflictiva, susceptible de expresarse a través de las oposiciones entre derechos,
y entre sujetos de derechos. Tales antagonismos permiten, de manera contingente,
tanto la reproducción como la transformación pública de las relaciones sociales
privadas. En este sentido, la legitimidad pública basada en la igualdad de derechos
juega un papel de referente crítico respecto del cual la realidad desigual puede
ser puesta en cuestión.
En las sociedades modernas, un conjunto de aspectos fundamentales de la vida,
entre ellos la sexualidad, se consideran legítimamente protegidos de la mirada
pública y por ello exclusivos del ámbito privado-íntimo. Ahora bien, junto con
otros factores, fue la lucha contra el sida la que permitió incorporar a la
agenda política la discusión de algunos de esos aspectos que, en tiempos normales,
permanecen invisibles y de los cuales no se habla públicamente. Este fenómeno
muestra en qué medida las prácticas y las relaciones sociales privadas, que
son consideradas como no problemáticas porque son invisibles, pueden ser cuestionadas
cuando se convierten en objeto de debate y decisión colectivos.
El movimiento de politización presupone la desnaturalización de las relaciones
entre e intra géneros, es decir el reconocimiento de su carácter social e históricamente
construido, e implica la ruptura del orden hipócrita tributario de la demarcación
entre público y privado.
A partir del sida y de la luz que éste aportó a las formas ocultas de sexualidad,
algunos límites implícitos y explícitos de protección recíproca entre los homosexuales
y su entorno no-homosexual se desdibujaron. La experiencia del sida creó así,
paradójicamente, un contexto que alentó la redefinición del estatus subordinado
de la homosexualidad como práctica estigmatizada y relegada al ámbito privado
de la discreción, acelerando el ingreso del tema de la discriminación y de los
derechos de las minorías sexuales a la escena pública.
La aceptación de la homosexualidad (como la de la anticoncepción y el aborto)
supone la legitimidad de la disociación entre sexo y procreación. La propia
noción de derechos sexuales implica el reconocimiento del valor de la sexualidad
para la realización personal, independientemente del fin reproductivo al cual
puede estar asociada. Dicho de otra manera, la autonomía individual, determinada
en parte por la libre disposición del cuerpo, es una condición necesaria para
hablar de una verdadera ciudadanía hecha de responsabilidades y de derechos.
La epidemia de sida puso al descubierto la brecha entre la igualdad formalmente
declarada y la realidad de los derechos de los homosexuales. Al mismo tiempo,
las reacciones frente a la epidemia catalizaron la voluntad de transformar tal
estado de cosas. La defensa de la salud, un valor compartido universalmente,
aparece así como un vector de legitimación de derechos humanos. Del mismo modo
que la reivindicación de salud reproductiva permite legitimar algunos derechos
de las mujeres, la lucha contra el sida lo hace respecto de los derechos de
las minorías sexuales.
6) Según nuestra investigación focalizada en el caso argentino:
a) Existe una tendencia al pasaje de las estrategias centradas en la reivindicación
de derechos al Estado, a diversas políticas que apuntan al reconocimiento social.
b) Paralelamente, existe una conciencia creciente de que el lugar del cambio
social en materia de sexualidad no pasa fundamentalmente por lo estatal – en
el sentido de la legislación y de las políticas públicas – sino en espacios
intermedios. Estos espacios intermedios entre lo público estatal y lo privado
íntimo se refieren por ejemplo a lo público no-estatal, a las organizaciones
y ámbitos de la sociedad civil, y a los ámbitos de las interacciones sociales
con los otros significativos (las otras personas que cuentan afectivamente para
un individuo), como las familias, los grupos de pares, etc.
En América Latina, la ley no prohíbe la homosexualidad, pero ésta es una práctica
amplia y fuertemente estigmatizada y las personas homosexuales son, en muchos
sentidos, víctimas de discriminación. Y esto sucede de manera sistemática.
Del mismo modo que otros fenómenos analizados por los estudios feministas, el
cuestionamiento del “sistema hipócrita” esbozado más arriba – y del orden sexual
en general – implica una ruptura de la dicotomía entre lo público y privado
que, en un sentido dialéctico, puede ser aprovechada por los movimientos sociales
para redefinirla sobre una base de igualdad. Pero no por ello significamos –
nosotros – apuntar a la anulación de la distinción liberal entre público y privado,
sino al reconocimiento en un sentido equitativo de la diversidad privada.
Dicho esto, si la homosexualidad tiene un estatus de subordinación en un contexto
de sistema hipócrita, ¿cuáles son los papeles que juegan la política institucional
y el activismo político en la transformación de tal estado de cosas?
Para abordar estas preguntas es conveniente mirar en perspectiva la evolución
del movimiento de minorías sexuales de la región, aun a riesgo de esquematizar
demasiado. En los años sesenta y setenta, cuando el movimiento de minorías sexuales
se halla aún en un estado embrionario, el tono de la reivindicación es el de
la trasgresión de la normalidad y del orden establecido, en el lenguaje de “la
liberación” sexual.
Después de las experiencias de las dictaduras, en los años ochenta, cuando se
reinstauran regímenes formalmente democráticos, la política de trasgresión es
dejada de lado, transformándose en una reivindicación de “normalidad”. Así,
las demandas de minorías sexuales se expresan en el renacido lenguaje liberal
de los derechos humanos, en la demanda de aceptación y de inclusión ciudadana.
Y esto con los potenciales y las limitaciones del lenguaje de la ciudadanía,
es decir, por un lado y en primer lugar, en tanto aspiración a la protección,
en términos de derechos negativos (la no-discriminación, la protección ante
la violencia), y en un segundo momento analítico e histórico, en tanto demandas
de reconocimiento de derechos positivos. Este es el carácter de las reivindicaciones
de los años ochenta y noventa, junto con algunos ejes diferenciales importantes:
para los varones gays el tema del sida, y para las mujeres lesbianas el tema
de la opresión de género. Pero más allá de las diferencias puntuales entre minorías
sexuales, el tema fundamental es la reivindicación de derechos y de la no-discriminación.
Hacia fines de los noventa y en la actualidad, en materia de sexualidad y relaciones
amorosas, vuelve a emerger una conciencia de los límites de las políticas basadas
en reivindicaciones de derechos y planteadas como exigencias formuladas al Estado.
En este sentido, nosotros vamos a argumentar que paralelamente a las reivindicaciones
de derechos, desde los movimientos de minorías sexuales, e incluso más allá
de ellos, se vienen registrando prácticas políticas, menos formales, que apuntan
al reconocimiento social al nivel de la vida cotidiana.
Ante las primeras y aún débiles conquistas en materia de igualdad sexual en
el plano de lo público-estatal, fundamentalmente la sanción jurídica de la no-discriminación,
se vuelve cada vez más evidente que el reconocimiento social es una condición
material y simbólica del ejercicio de los derechos negativos y positivos, cuando
éstos existen.
El reconocimiento social implica en principio dos cosas. En primer lugar, el
reconocimiento implica la aceptación fáctica de que algo existe o sucede; en
este caso se reconoce la existencia de prácticas, personas, identidades y relaciones
homosexuales. En segundo lugar, se reconoce la legitimidad del derecho a ser
de estas prácticas, personas, identidades y relaciones. Es decir, es un reconocimiento
de hecho y un reconocimiento de derecho.
Ahora bien, en términos de estrategias políticas, las prácticas que apuntan
al reconocimiento social no pueden tener lugar únicamente ni principalmente
al nivel de lo estatal en tanto legislación y política pública, sino al nivel
de lo público no-estatal y de las interacciones sociales de la vida cotidiana,
ya sea entre los distintos miembros de las minorías sexuales, como entre cada
uno de ellos y el conjunto de las personas que cuentan afectivamente para su
vida (sus “otros significativos” en el sentido de G.H.Mead).
Como corolario de esto, planteamos aquí la hipótesis de que las políticas públicas
democratizadoras en materia de igualdad sexual tienen ciertos límites que les
son intrínsecos en cuanto a su alcance, dado el objeto y los sujetos de estas
políticas. Las políticas públicas tienen dos aspectos: por un lado, son programas
de intervención que implican fundamentos, planes, puestas en obra, evaluaciones;
y por otro lado, expresan la opinión del Estado sobre una controversia o issue
en debate. Ahora bien, si la existencia de una política pública presupone que
exista una controversia, no todos los temas relativos al estatus de las minorías
lograron entrar en la agenda pública, es decir, llegar a ser controversias susceptibles
de ser discutidas públicamente. Y, más allá de la feroz competencia entre todos
problemas sociales que pugnan por ser considerados como issues legítimos
de la agenda pública y política, una de las principales dificultades específicas
para articular issues relativos a la homosexualidad reside en la ambigüedad
y ambivalencia del estatus social de esta última.
En algunos países de América Latina, la protección legal contra la discriminación
por orientación sexual implica una aceptación a medias, compatible, al nivel
de la interacción social, con prácticas de discriminación que afectan la vida
cotidiana de gays y lesbianas. El problema es que la protección legal protege
– cuando lo hace – sólo ante las formas directas y ejecutadas de la discriminación,
y en general – y a duras penas – al nivel de lo público. En efecto, la discriminación
en materia de homosexualidad es mucho más fuerte en su forma indirecta que en
su forma directa.
La discriminación indirecta fundamentalmente se explica o se deriva de la construcción
del orden social de nuestros países en torno a la figura matrimonial heterosexual
y a la familia construida en torno a dicha figura. Es decir, el orden social
y jurídico de los países latinoamericanos, ya sea en lo que se refiere a la
protección social, a los derechos civiles, a los derechos sociales y económicos
y al ejercicio de todos estos derechos, está construido fundamentalmente en
torno a esta figura de la pareja heterosexual, unida en matrimonio y a la familia
nuclear. Una persona que pretende construir su pareja con otra persona de su
mismo sexo se ve de hecho y de derecho excluida de todo este aparato social,
civil, económico y político de manera indirecta. Es decir, no se la excluye
directamente, porque conserva su derecho a constituir un matrimonio heterosexual.
El problema reside, evidentemente, en el hecho de que no puede construir su
pareja con la persona que es objeto de su amor y preferencia.
Si la discriminación indirecta es mucho más fuerte que la discriminación directa,
que por otra parte también existe, encontramos además que la discriminación
es más fuerte o más frecuente en tanto discriminación anticipada o temida que
en tanto discriminación efectivamente ejecutada. Los efectos de la discriminación
anticipada o temida es la auto-exclusión. Es muy infrecuente que las personas
homosexuales compartan el aspecto de su vida sexual y amorosa con la totalidad
de los miembros de sus familias biológicas, y prefieren preservar un modo de
interacción basado en la discreción – y la hipocresía – que protege recíprocamente
a unos y a otros frente a una información que puede ser potencialmente disruptiva.
De esta manera, la vida homosexual puede ser vivida de manera más o menos feliz
en el marco de una interacción caracterizada por la discreción, anticipándose
a un eventual rechazo o actitud negativa por parte de los demás. Cabe aclarar
que una vez que se quiebra la discreción y se hace explícito aquello que se
mantiene reservado, (por distintas razones, porque hay una denuncia violenta,
por el VIH-sida, o en momentos de confianza y acercamiento entre las personas
ante determinadas situaciones), no necesariamente la discriminación, la exclusión
o el rechazo temidos y anticipados se verifican en la realidad. A pesar de ello,
la regla parece seguir siendo la discreción, como lo ilustra el hecho de que
incluso en personas que viven su homosexualidad de manera feliz y bien aceptada
es raro que lleguen a compartirla de manera universal con sus otros significativos.
En síntesis, lo que queremos señalar es que este esquema en el cual las personas
homosexuales tienen un estatus subordinado, derivado de la discriminación indirecta
(que no por ser indirecta es menos grave) y la discriminación anticipada y temida,
conforma un orden hipócrita que confina la homosexualidad al orden privado e
impide tanto su expresión pública en tanto relación amorosa como su reconocimiento
público en la figura del matrimonio.
Como expusimos más arriba, este orden viene siendo cuestionado a partir de distintos
fenómenos: la aparición y consolidación de un movimiento de minorías sexuales,
la aparición de la epidemia del sida, y los nuevos climas culturales democráticos.
En ese marco nos preguntamos cuáles son los papeles de la política institucional
y del activismo político. Si en los años setenta el tema de los movimientos
de minorías sexuales era la liberación sexual y la trasgresión, en los ochenta
apunta a un reconocimiento social y a la idea de normalidad, en el lenguaje
de los derechos humanos y de la democracia formal y en cierto acceso indirecto
a la ciudadanía indirecto, implícito en el hecho de que se reconocen política
y jurídicamente a las organizaciones de minorías sexuales. Esto tiene que ver,
aunque no nos dé el espacio para desarrollarlo aquí, con la impronta del movimiento
de mujeres y el movimiento feminista en la región y con el movimiento de lucha
contra el sida.
Del mismo modo que la salud reproductiva ha venido permitiendo legitimar – ambiguamente
– los derechos sexuales de las mujeres, la lucha contra el sida lo ha hecho
con los derechos de los gays (e incluso, aunque aun más parcialmente, de los
usuarios de drogas). En los años noventa se consolida el desplazamiento de los
ejes específicos de las reivindicaciones y organizaciones gays, que terminan
siendo absorbidas por la lucha contra el sida, lo cual despolitiza la demanda
de reconocimiento de la diversidad sexual y la transforma en una demanda, de
acceso a la salud y de no-discriminación, y al mismo tiempo permite la incorporación
a la ciudadanía de tales organizaciones. Paralelamente, los movimientos feministas
y de mujeres empiezan poco a poco a hacer visible, sobre todo a partir de los
encuentros de mujeres que se realizan a nivel nacional y regional, la problemática
específica de las mujeres lesbianas, dentro de la problemática más general de
la subordinación femenina y los sistemas de desigualdad entre los géneros.
En los noventa, entonces, aparecen demandas de derechos civiles, fundamentalmente
a partir de dos ejes. El primer eje es la política institucionalizada, a través
del lobby y la estructuración de redes horizontales. Como resultado de esta
política de lobby y de articulación de redes con otras organizaciones, políticos
y funcionarios, pueden mencionarse varios logros jurídicos. En este sentido,
la aceptación de la política institucionalizada y formal como medio de obtención
de reivindicaciones contribuyó a que las minorías sexuales empezaran a construir
sus demandas en tanto issues susceptibles de debate público y de toma
de decisiones políticas. El segundo eje de estas demandas de derechos civiles
pasa por los reclamos judiciales que en general fueron favorables a los demandantes,
en el sentido de abrir nuevas interpretaciones de las leyes vigentes, dando
lugar a una nueva hermenéutica favorable a las minorías sexuales. Esto se dio
de manera aislada, pero aun así varios fallos fueron más allá de la propia demanda,
por ejemplo en cuanto al reconocimiento de parejas del mismo sexo para la protección
social. En los noventa se observa, además, que la adopción de la no-discriminación
como principio jurídico va a la par de la emergencia de ésta como principio
“políticamente correcto”.
Ahora bien, actualmente se comprueba una sensible tendencia al reflujo de los
actores de la sociedad civil y de las organizaciones de minorías sexuales. Esto
se explica por múltiples factores, como la desafección política generalizada,
las divisiones internas, y la cooptación por parte del Estado y las organizaciones
financiadoras internacionales. Pero a este panorama general de las asociaciones
de la sociedad civil se suman aspectos específicos que tienen que ver, entre
otras cosas, con la contradicción de hacer de la identidad sexual la base fundamental
de la identidad política, con hacer de la diferencia sexual algo fundamental
y con el riesgo de que esto lleve a la cristalización de las identidades.
Este reflujo de las organizaciones de la sociedad civil en tanto demandantes
al Estado va de la mano de otro fenómeno que merece ser analizado en toda su
ambigüedad. Este fenómeno es el siguiente: si bien hay un retroceso del movimiento
social organizado de minorías sexuales, al mismo tiempo se observa una evolución
constante y creciente de la articulación de redes no políticas de minorías sexuales.
Estas redes no políticas pasan por la sociedad civil, por el mercado, por la
aparición en algunas ciudades de zonas o barrios gays, por una creciente visibilidad
mediática y por la presunta extensión de prácticas relacionales y sexuales menos
rígidas en jóvenes, adolescentes y adultos.
¿Cómo interpretar estos fenómenos ambiguos y aparentemente contradictorios?
¿Cuál es el sentido y qué oportunidades brinda a la estrategia política el panorama
caracterizado por un retroceso en el movimiento social y un avance en otras
formas de permeabilidad social de la homosexualidad? Esto nos lleva a una pregunta
más general y es la pregunta acerca de los límites inherentes que tiene la política
pública en materia de homosexualidad, dado el carácter de la discriminación
y el reconocimiento social de implicados en la materia.
Como decíamos, la política pública tiene dos aspectos: por un lado es un programa
de intervención y por otro lado es la opinión del Estado sobre alguna controversia
determinada. Por supuesto que la condición de las políticas públicas es que
existan controversias en el espacio público. En América Latina, diversas controversias
fueron construidas en los espacios públicos de cada país: la violencia; la no-discriminación;
el acceso a la salud en particular con el tema del VIH-sida; el acceso a los
derechos sociales; el "ser dejado en paz" por la policía; e incluso
algunas controversias que adoptaron la forma del escándalo, por ejemplo relativas
al trabajo sexual en la vía pública que realizan las personas travestis. Incipientemente,
se observan además intentos de instalar controversias en torno a ejes positivos,
como por ejemplo el tema del matrimonio o la unión civil entre personas del
mismo sexo, o el tema de la adopción.
En todos estos casos, el Estado se expide sobre las controversias que logran
entrar a la agenda pública y política y en general lo que percibimos es que
esto ha sido en un sentido favorable a la tolerancia, aunque por ahora dentro
de los límites de la discreción e hipocresía. En tanto política pública explícita
favorable a la democratización, poco a poco viene siendo condenada la no-discriminación
directa en lo público, fundamentalmente en el empleo. En este sentido, las leyes,
los fallos y la aplicación fueron bastante activos en este tema. Y por otro
lado hay una inclusión de gays en la constitución de comunidades o redes de
políticas públicas en materia de sida, que incluyen activistas y organizaciones
de minorías sexuales.
Sin embargo, ningún Estado latinoamericano se ha ocupado aún de la discriminación
indirecta, es decir, la que se deriva de la inclusión ciudadana y la protección
social ligadas a la figura matrimonial (ya sea en sentido estricto o en sentido
menos estricto, como la figura del concubinato heterosexual). Y esta exclusión
constituye una política pública implícita que afecta negativamente a la población
de gays y lesbianas, excluidos del matrimonio y de todos los derechos a los
que esta institución permite acceder y ejercer.
En conclusión, ¿cuáles son los logros, las potencialidades y límites de las
reivindicaciones de las personas homosexuales en el plano político? Los límites
de las políticas represivas en materia de homosexualidad ya fueron estudiados
por numerosas investigaciones: como se sabe, las políticas represivas no anulan
ni disminuyen el número de las prácticas sexuales, pero sí contribuyen por ejemplo
a la disociación entre sexo y afecto, al aumento de riesgo de enfermedades de
transmisión sexual, a la violencia, etc. Del mismo modo, y de manera especular,
las políticas favorables a la aceptación de la homosexualidad y de las minorías
sexuales tampoco anulan ni disminuyen automáticamente el número de las prácticas
homofóbicas. Simplemente parece ser que son los marcos liberales y democráticos
los que contribuyen a la acción de las personas y de los movimientos sociales
(sean estos cuales fueren, no sólo los de minorías sexuales), y favorecen la
construcción de issues que alientan al debate y la visibilidad. En este
sentido, a pesar de la percepción de la urgencia y la gravedad de la injusticia,
inevitablemente los tiempos parecen largos y los procedimientos reformistas.
La pregunta de cómo imponer o regular la aceptación y el reconocimiento social
de las minorías sexuales ¿es pensable desde la política? A nuestro criterio,
no se le puede pedir a la política pública aquello que ésta no puede dar. La
aceptación y reconocimiento de la homosexualidad y de las prácticas homosexuales,
o dicho de una manera menos taxonómica, la aceptación y la vivencia de la diversidad
sexual y de la libertad sexual, son resultado de un trabajo más de "la
vida misma" que de la política institucional. Es decir, implica un proyecto
cultural más amplio, el cual no es accesible sólo políticamente, por lo cual
los movimientos de minorías sexuales deben intentar articular teórica y prácticamente
las reivindicaciones de derechos en el plano político con estrategias no formales
de reconocimiento social al nivel de los otros significativos.
Referencias bibliográficas
PECHENY Mario, La construction de l’avortement et du sida en tant
que questions politiques: le cas de l’Argentine, Lille, Presses Universitaires
du Septentrion, 2 vol., 2001.
POLLAK Michael, Les homosexuels et le sida. Sociologie d’une épidémie,
Paris, Métailié, 1988.
SEBRELI Juan José, “Historia secreta de los homosexuales de Buenos Aires”, in
Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades, Buenos Aires, Sudamericana,
1997, p. 275-370.
SULLIVAN Andrew, Virtually Normal. An Argument about Homosexuality, New
York, Alfred A. Knopf, 1995.
ZEMPLENI Andras, “Secret et sujétion. Pouquoi ses ‘informateurs’ parlent-ils
à l’ethnologue?”, Traverses, N° 30-31, 1984, p. 102-115.
Sobre el autor
Del Autor
Mario Pecheny es Investigador del Instituto Gino Germani, Universidad de Buenos
Aires y CONICET.
Task Force sobre VIH/SIDA en HSH en América Latina y el Caribe
e-mail: mpecheny@mail.retina.ar
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Ciudadanía
Sexual
Por Susanna Rance
¿Por qué ciudadanía sexual?
¿Acaso hace falta un rótulo más, entre los muchos ya vigentes en el campo de
la salud y los derechos sexuales y reproductivos?
Nosotr@s, integrantes de la agrupación MASQUE V [1] , planteamos la ciudadanía sexual
como una alternativa liberadora para fortalecer las agendas tanto de tomadores/as
de decisión que promueven el desarrollo humano integral, como de activistas
que luchan por los derechos de las personas. Nuestra estrategia de advocacy [2] para posicionar el concepto se ubica dentro
de las corrientes de renovación de formas locales y globales de hacer política
en el tercer milenio.
Nuestra propuesta se basa en la vigencia sin exclusiones de los derechos humanos
universales, de los derechos ciudadanos y los derechos fundamentales de la persona
reconocidos en la Constitución Política del Estado boliviano. Dichos documentos
avalan la plena inclusión de "todo ser humano" y "toda persona"
en las garantías para el ejercicio de derechos que incluyen la personalidad
y capacidad jurídica; la vida, la salud y la seguridad; el derecho a emitir
libremente las ideas y opiniones; a reunirse y asociarse.
La identidad, orientación, opción y prácticas sexuales son dimensiones ineludibles
de la vida individual y colectiva. Como tales, deben ser explícitamente incluidas
en el ámbito de los derechos ciudadanos cuyo ejercicio el Estado se compromete
a garantizar.
Nuestro planteamiento se centra en un concepto -la ciudadanía sexual-
que legitima las reivindicaciones en el campo sexual como asuntos de importancia
e interés, no sólo en la esfera personal sino también en los niveles público,
estatal y global. La propuesta de ciudadanía sexual busca integrar la legitimación
social y jurídica de diferentes identidades y prácticas sexuales, y la aplicabilidad
universal de los derechos de las personas, al reconocer:
La diversidad de las sexualidades y géneros, cuya expresión cambia en forma
dinámica en diferentes tiempos y contextos de la vida de cada persona; y
Los derechos ciudadanos que corresponden a todos por igual, con el respaldo
efectivo de leyes y políticas, y garantías para la no discriminación.
Recuperando los derechos sexuales
Dentro de la "bolsa común" de los derechos sexuales y reproductivos,
lo sexual se ha esfumado. Cinco años después de Cairo y Beijing, la salud reproductiva
oficial se dirige principalmente hacia intervenciones en mujeres adultas: el
parto institucional; ciertos métodos anticonceptivos "post-" (más
que pre-embarazo); y el tratamiento de hemorragias de la primera mitad del embarazo
(por no decir postaborto, ante la no provisión por el Estado del aborto legal
y seguro).
La salud sexual oficial se reduce en gran parte a la promoción o imposición
de normas higiénicas a grupos sociales etiquetados como riesgosos -o como especialmente
propensos a conductas de riesgo -con el fin de proteger del contagio de ITS
y VIH a una supuesta mayoría sana y normal.
En una campaña anterior [3] ,3
lanzamos al debate público un conjunto amplio de derechos sexuales identificados
por integrantes de los Grupos de Trabajo sobre Masculinidades, y sobre Embarazo
No Deseado y Aborto: Placer en todas las edades, Opciones sexuales, Aborto seguro
y Diversas formas familiares. Insistimos en la separación conceptual entre derechos
sexuales y derechos reproductivos. La distinción que marcamos entre ambos dio
lugar a la inclusión, dentro de las presentes Jornadas, de la Mesa Redonda que
nos reúne hoy.
No obstante este avance, seguimos observando resistencias y retrocesos. Encontramos
que las políticas oficiales de salud sexual y reproductiva se centran excesivamente
en los procesos reproductivos de las mujeres-madres y en el supuesto de la pareja
heterosexual. Para dar un ejemplo pertinente, en el afiche producido para anunciar
las Jornadas del Foro - ¿quizás en forma automática? –se colocaron imágenes
que refuerzan la normatividad heterosexista (salud sexual y reproductiva como
asunto de la pareja adulta heterosexual, hombre y mujer). En el mismo afiche,
el título de esta Mesa Redonda fue cambiado a la fórmula acostumbrada de "derechos
sexuales y reproductivos" –un binomio ya vaciado de contenido.
Entre la “sensibilización" y las conquistas materiales
En las acciones del advocacy nacional y transnacional en el año 2000, los temas
considerados como "objetivamente" grandes e importantes en la vida
pública siguen siendo principalmente financieros, de producción y relaciones
laborales, comercio e informática, ecología, organización y administración política
[4] . En el ámbito económico -desde los salarios hasta el pago de la deuda
externa -se reclama la justicia "dura", material y contable, tomando
como sujeto prototipo el hombre adulto Blanco urbano heterosexual.
Hay otros temas internacionalmente tratados como "menores" - como
violencia, cultura, género y sexualidad [5] -que suelen ser relegados al campo de lo subjetivo, particular
e íntimo. Entre estos, la sexualidad es tratada como un asunto "delicado"
y polémico, con una fuerte carga de normatividades morales y religiosas. En
lo genérico y sexual desde las relaciones intra-familiares hasta el trato a
usuari@s de los servicios de salud -se apela a la "sensibilidad",
la tolerancia y el respeto "blando" a ciertos ideales y principios.
Los sujet@s aludid@s son miembr@s de grupos "vulnerables" como las
mujeres, jóvenes, niñ@s, indígenas y personas con sexualidades fuera de la supuesta
norma heterosexual. Bajo el manto del respeto a la privacidad y el pretexto
de "no entrometerse en la vida íntima de la familia", se ocultan y
se encubren violaciones a los derechos humanos y ciudadanos, como si estas no
tuviesen relevancia política nacional e internacionalización.
Si bien el enfoque de los derechos sexuales nos resultó útil como punto de partida,
lo encontramos insuficiente, por si solo, para tratar los asuntos de sexualidad
en los ámbitos político y legislativo. En MASQUE V, transitamos entre la interpelación
individualista desafiante desde los "márgenes": "Mi sexualidad
-¿y qué?", y el reclamo colectivo de derechos ciudadanos comunes y compartidos.
Fuimos en busca de un término que lograra unir los dos componentes ya enumerados:
la visibilización de las expresiones de la diversidad, y la viabilización de
conquistas colectivas para llevar el ejercicio de los derechos al plano material
y cotidiano. Fue así que llegamos a "redescubrir" la noción de ciudadanía
sexual.
Al situar nuestras causas en el marco de la ciudadanía sexual, obviarnos las
nociones de tolerancia o respeto desde el poder, concedidos por una supuesta
mayoría "normal" hacia identidades y prácticas subversivas e insalubres
de "otros" grupos considerados como minoritarios, anormales o problemáticos.
Elevamos la consideración de la sexualidad del terreno poco visible de lo individual,
al rango de una cuestión de Estado. La llevamos del campo "blando"
y oculto de las sensibilidades y subjetividades negadas, para convertirla también
en un tema "duro" y público. Promovemos la sensibilización sexual
de la vida política, y exigimos justicia ciudadana para garantizar el libre
ejercicio de diversas formas de vida sexual y familiar.
El término "sexual citizenship" (ciudadanía sexual) aparece
en la literatura teórica en idioma inglés desde hace casi una década
[6] . El concepto ha sido escasamente referido en los textos en español.
Omar Feliciano del Grupo Gay CODISEX señala que "No existe la noción de
una ciudadanía multicultural, multiétnica y muchos menos tenemos referentes
de una ciudadanía sexual. Tal ciudadanía implica que el Estado reconozca los
aportes y las necesidades de hombres y mujeres; de gays, lesbianas, bisexuales
y trans-géneros. De tal manera que pueda tener políticas sociales y culturales
efectivas basadas en las diferencias de género y de identidad sexual"
[7] .
MASQUE V busca aportar a la conceptualización de la ciudadanía sexual, y a su
fortalecimiento en la praxis del advocacy latinoamericano en derechos. En resumen,
planteamos los siguientes puntos:
Ciudadanía sexual en Bolivia, hoy
Hoy en día, existen grupos en distintas localidades del país que promueven causas
afines a la noción de ciudadanía sexual. Entre sus "temas bandera"
figuran los siguientes:
Personalidad y capacidad jurídica: Carnets de identidad para travestis acordes
a su opción de autopresentación genérica. uniones legales y derechos herederos
para personas de distintas opciones de pareja genéricas y sexuales. Adopciones
de niñ@s y jóvenes por personas, parejas y grupos familiares de diversos tipos,
que no se limiten al matrimonio heterosexual.
Beneficios sociales, salud y seguridad social: Beneficios sociales, seguros
médicos y de vida para integrantes de grupos familiares de diversos tipos. Servicios
integrales de salud con acceso al apoyo terapéutico, a tratamientos actualizados
y medicamentos para personas que viven con VIH/SIDA, sin violencia, discriminación
o marginación. Servicios de salud pública y del Seguro Básico de Salud para
el aborto seguro y legal, incluyendo la reglamentación y aplicación del Artículo
266 del Código Penal que autoriza el aborto impune en casos de violación, incesto
y riesgo a la salud o vida de la mujer.
Oportunidades de estudio y empleo, sin discriminación en cuanto a género,
generación, decisiones sobre embarazo, orientación u opción sexual, o forma
de grupo familiar.
Seguridad: garantías para la integridad corporal dentro y fuera del hogar.
Prevención y sanción a la violencia sexual y genérica intrafamiliar (violación
en el matrimonio, incesto, abuso), pública e institucional (policial, militar,
judicial, educativo, religioso, laboral). Decisión autónoma y consentimiento
informado sobre la aplicación de intervenciones, registros e investigaciones
en los campos de la salud física y mental y sexualidad. Denuncia del uso represivo
de registros sanitarios de personas que viven con VIH/SIDA, para controlar sus
movimientos e inclusive llegar a prohibir que tengan actividad sexual. Denuncia
del control policial de l@s trabajadores/as sexuales, y del condicionamiento
de la matrícula sanitaria a prácticas de extorsión (causa que recibe el apoyo
efectivo de la Defensoría del Pueblo).
Información y educación: Acceso para personas en todo el ciclo de vida a
información pública y servicios integrales de educación en salud y sexualidad
que incluyan información amplia, atención de calidad y trato sin discriminación
en sexualidad y salud sexual, incluyendo la prevención y tratamiento de ITS
y VIH-SIDA.
Libertad de expresión, reunión y asociación: Apoyo para sedes propias de
las organizaciones del movimiento gay, lésbico, bisexual, travesti, transsexual
y transgénero, libre de condicionamientos relativos a la utilización de dichas
organizaciones para fines de control y prevención epidemiológica.
Legitimidad social y política para diversas opciones de vida sexual y familiar.
Ampliación de las agendas de género, salud, educación, seguridad ciudadana y
derechos humanos para incluir la promoción de la justicia y garantías en el
campo de la ciudadanía sexual.
Pan y rosas, materia y espíritu
En las últimas décadas hubo un período de fragmentación y debilitamiento de
los movimientos contestatarios, en el que las agendas neoliberales parecían
sostener una clara victoria. En el quinquenio pasado, las campañas y protestas
de diversas agrupaciones han tomado otro caríz, ahora más articulado y enfocado
en agendas internacionalmente compartidas. En el nuevo milenio, en forma aparentemente
paradójica, los grupos de advocacy han intensificado el uso de estrategias globalizadas
mediante redes electrónicas, para oponerse a la globalización económica en forma
simultánea en múltiples localidades de norte y sur.
En términos de medios y métodos, las campañas actuales combinan arte y política,
música y molotovs, materia y espíritu, acciones directas y virtuales. En cuanto
a sus mensajes, se pide "pan y rosas", un fin a la pobreza y a la
violencia, derechos culturales y étnicos y condonación de la deuda. Hay un creciente
encuentro entre los planos material e ideal. Sin embargo, en la era post-marxista,
los reclamos económicos aún siguen considerándose como más "serios"
y duros que los culturales, más digno del esfuerzo militante, de la atención
de agencias internacionales y de los medios masivos de comunicación.
Al plantear la ciudadanía sexual, queremos fortalecer la vigencia de
las sexualidades e identidades gene rizadas dentro de agendas activistas y políticas
públicas. Dentro del campo de las "rosas", reivindicar los derechos
sexuales implica sostener los principios de igualdad, individualidad y autonomía.
Traducidos al terreno material, se exige el "pan" cotidiano de las
sexualidades y géneros vividos: garantías para la integridad corporal y la personalidad
jurídica, libres de exclusión, discriminación y violencia. [10]
Les invitamos a evaluar la relevancia de este concepto en sus propias vidas
personales y colectivas. Para mayor información, y para enviamos sus aportes,
pueden consultar nuestra página Web: www.ciudadaníasexual.com.
Si les suena, si les sirve –declárense ciudadan@s sexuales y promuevan la ciudadanía
sexual en todos sus ámbitos de vida.
*Ponencia Presentada en la Mesa Redonda sobre derechos
sexuales
Jornadas del Foro Nacional por la Salud Sexual y Reproductiva
Cochabamba, 30 de noviembre de 2000
Artículo publicado en Conciencia Latinoamericana (Revista de Católicas por el
Derecho a Decidir), Vol. XIII No. 3, septiembre 2001, pp. 13-17.
Notas
[1] MASQUE ~ es una agrupación independiente
de personas que se reúnen para generar y aplicar propuestas renovadoras de advocacy
participativo en sexualidades y géneros, con un enfoque de derechos y justicia
social. Actualmente actúa como comité consultivo del proyecto "Advocacy
participativo en derechos sexuales" (CISTAC/Population Concern/EC, 2000
-2002)
[2] Por "advocacy" entendemos la promoción
colectiva de una causa social, mediante acciones políticas de presión, convencimiento
o cabildeo, utilizando diversos medios informativos y culturales, y abarcando
ámbitos públicos que van desde lo local a lo internacional
[3] Ver la revista Derechos sexuales al debate, Grupo
de Trabajo sobre Embarazo No Deseado y Aborto y Grupo de Trabajo sobre Masculinidades.
Z. Alanes y A. Archondo (eds.) 1999. 2da edición, 2000. La Paz: CISTAC/Population
Concern/ EC
[4] Ver la Figura 1, "La globalización,
sus descontentos, movimientos y alternativas" en Peter Waterman, "17
tesis acerca de: el viejo internacionalismo, la nueva solidaridad global, una
futura sociedad civil global". Universidad de San Marcos, Lima, Perú, 11
de enero 2000. <http:// www.antenna.nl/waterman/17tesis.html>
[5] Ver Waterman 2000
[6] Ver David T Evans 1993. Sexual Citizenship: The
Material Construction of Sexualities. Londres: Routledge
[7] "Políticas culturales y las
comunidades de la diversidad sexual", México 2000 <http:llacude.com.mx.divrsex.htm>
[8] "La universalidad de la
ciudadanía, apoyada por el mito liberal de una ciudadanía compuesta por una
comunidad de iguales' está calculada para suprimir la diferencia. (...) no hay
tal cosa como el/la ciudadan@ universal porque la pretensión a la universalidad
obra para devaluar la diversidad y la diferencia". Sean Leathem 2000, "Women
and citizenship - culture, identity and participation" (Cita traducida
por la autora). <http://www.gu.edu.au/centre/cmp/Leathem.html>
[9] Integrantes del Comité organizador
de la XXII Marcha del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual y Transgénero (México DF,
17 de junio 2000) declararon que "en su calidad de ciudadanos y ciudadanos
de este país, requieren de legislaciones que les garanticen los mismos derechos
que tienen todas y todos los mexicanos. 'No queremos privilegios, pero tampoco
ningún derecho menos. Sólo los mismos derechos.'" (Román González, CIMAC,
14 de junio 2000. http:/www.cimac.org.mx/noticias/00jun/00061405.html).
[10] Ver Correa, s y Petchesky,
R 1995. "Derechos sexuales y reproductivos. Una perspectiva feminista"
en Conciencia Latinoamericana Vol. VII No.1, enero-febrero-marzo
Sobre la autora
Susanna Rance, nacida en Inglaterra, reside en la Paz desde 1980. Combina
actividades de investigación, docencia y advocacy en temas de género, salud
y derechos sexuales. Es integrante del colectivo del pensamiento MASQUE V y
consultora de la ONG CISTAC, donde comparte la coordinación del proyecto “Advocacy
Participativo en derechos sexuales” auspiciado por Population Concern y la Comisión
Europea.
e-mail: srance@entelnet.bo
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