Sylvia
Texto de Max Hernández Calvo
Octubre 2003
Dos representaciones contrapuestas de si misma atraviesan la exhibición
de Sylvia Fernández, en un intento de dar cuenta de la estructura del sujeto
ante las demandas contradictorias de la vida (referidas a la maternidad).
Como si ilustrase su propio clivaje,
la artista nos presenta una visión desvaída de sí ante una exaltada apariencia
suya, en confrontación. La propia estructura de la obra duplica esa lógica
(psicológica) de disociación, tanto en la técnica, como en las imágenes o la
organización composicional del conjunto, siempre apelando al contraste y así
evocando ambos polos de identificación.
Los cuadros se refieren a modos de vida diferenciados por la sexualidad,
la culpa familiar y la censura, que calan en el presente, con el eco del
pasado. Por medio de imágenes fotográficas apagadas e imágenes pictóricas
vibrantes –conjugando memoria y fantasía—, Fernández configura un panorama de
si misma constituido por chispazos alternantes de realidad e ilusión, planteados como posibilidades en disputa.
Los autorretratos delinean, con sus diferencias, una escisión forjada alrededor del deseo, aludiendo a su
desvanecimiento (sea en el recato, en la vergüenza o en la modestia) y a su
demanda (en la vanidad, en la ostentación o en el melindre). Aquí el deseo
importa desde y en el otro, porque se trata del
deseo de ser deseada. Recurriendo a la simbólica de la mirada, tanto en la
relación entre ambas auto-representaciones (sea de negación, reproche o
escarnio) como en la relación de éstas con el espectador (advertido o
ignorado), Fernández opone seducción y abnegación dando la clave de su
narcisismo.
Esta confrontación (ella vs. ella), iconográficamente tratada con
destreza, no obstante, es superada por el fuerte sentido narcisista de la
propuesta. La fuerza de esta apuesta se debe a que no se vale simplemente de
una figura de femme fatale, sino de
la omnipresencia de su propia imagen –al margen del papel representado—
demandando un sujeto que responda a la investidura de la libido en ella misma;
en ella tornada en imagen potente, como retrato y como pintura y, en ambos
casos, estéticamente seductiva.
Si su clivaje define polos de incitación y renuencia, la realidad que se
adviene en tales extremos de aceptación y negación es la de un reconocimiento
que se produce en el deseo. He ahí la base de la invocación a la escopofilia en
la obra de Sylvia Fernández, en donde la mirada del otro es su verdadero objeto de deseo, su confirmación erótica
y existencial.