Las trampas de la reproducción

 

 “Without deviation from the norm progress is not possible”

(“Sin desviarse de la norma el progreso no es posible”)

Frank Zappa

 

 

Cuando María Luisa Manrique de Lara, virreina de Nueva España,  le pregunta a sor Juana Inés de la Cruz si no ha sentido el impulso de concebir, la escritora le señala  los instrumentos musicales y científicos que la acompañan en la morada conventual –un astrolabio, una piedra de obsidiana, un telescopio, una lira-. Aquellos, y sus libros, son sus objetos de amor; sus manuscritos, sus frutos. En 1694 asediada por la autoridad clerical, Juana renuncia al goce de esas compañías, para morir meses después.

 

Durante los milenios que preceden esta historia, y los siglos que nos separan de ella, la reproducción biológica de nuestra especie ha pasado por el cuerpo de las mujeres, pero casi nunca la decisión de seguir o no poblando el planeta –cuántas veces a nuestra costa-, ha estado en nuestras manos. Cuando ha parecido estar, una especie de monstruo arcaico que se disfraza con éxito, convierte a una mujer que pretende desviar su destino en una “vegetal”. Otra que pretende lo mismo a los 67 años también refracta lo que todavía no se puede elaborar. Pero la propuesta de Natalia Iguiñiz Boggio ordena, creando el espacio para hacerlo. Y las prescripciones ancestrales se desdibujan sin abandonar su dramatismo.

 

El pronunciamiento estético de la autora actualiza las fronteras de la historia de las mujeres, recuerda el atavismo de la especie, y advierte y publica cómo hemos empujado los límites, e imaginado la libertad, rozándola. Y así, sin que desaparezca la ambivalencia, el mandato ajeno puede ser mejor identificado, aunque no existe solo. Allí estamos nosotras.

 

Según infinitas razones -edad, ingresos, compañía, historias personales, tecnologías reproductivas, orientaciones, gustos e identidades sexuales, asistencia a las aulas, -las mujeres estamos más o menos cerca de animarnos a criar. Porque las madres no siempre han criado, ni la maternidad ha sido un ingrediente de la definición de lo femenino por naturaleza. Hoy mismo, con una frecuencia que incomodaría reconocer, en las escuelas rurales, niñas dejan la primaria recién iniciada para no volver más al aula y criar a la prole de sus padres. A lo largo de los siglos, ciento de miles de mujeres recién paridas consiguieron nodrizas que se encargarán de amamantar a su descendencia. En muchas regiones del occidente cristiano, lactar a los recién nacidos fue un rasgo que acercaba a animales de escala inferior, por lo que muchos grupos trataron de evitar el trance. En general, la alta mortalidad materna e infantil ponía en cuestión, y lo sigue haciendo, lo irrevocable presunto del lazo.

 

La crianza ha sido por mucho tiempo un empeño colectivo, y el énfasis en el vínculo entre madre y descendencia es reciente, y quizás efímero. Pero lo que sí ha sido persistente es la necesidad de controlar los mecanismos de la reproducción, y aquí las negociaciones han pasado por las urgencias del paterfamilias –cómo manejar la permanencia del linaje, la cuestión hereditaria, ya sea unas cuántas cabras o una hacienda con decenas de esclavos- y los apuros del Estado: costo fiscal de niños abandonados, inestabilidad política, escasez o abundancia de fuerza de trabajo, futuros miembros del ejército y la defensa de las fronteras territoriales. La construcción del “ángel del hogar”,  haciendo juego con el estado nación burgués, exigió cerrar la casa, redefinir sus muros y descarnar a las mujeres. Un afán cuyo logro toma siglos. Desexualizadas podían combatir la mortalidad infantil, pero el acceso al alfabeto, condición para ostentar el supuesto cetro doméstico, nos acercó al erotismo de la novela y a la exigencia del sufragio.

 

¿Qué tienen en común estas épocas tomadas al azar? La opinión de las mujeres casi no se nota. La autora nos lleva a preguntarnos si ésta existió, sobre las formas que pudo tomar. Difícil la decantación en medio de tanto secreto, de tanto en juego. Ocurre que en la reproducción se encarnan ansiedades de Estados y patriarcas. La reducción gradual del poder omnímodo del padre sobre la unidad doméstica coincide con el aumento del volumen de las opiniones de las mujeres en el espacio público. A esto acompaña la inédita y paulatina disociación entre sexo, maternidad y muerte gracias a la difusión de la anticoncepción, -la penicilina también ayuda, aunque no a todas- que no se entiende sin proyectos de mujeres y sin declinación del gregarismo familiar.

 

La mujer ha perdido la cabeza, se la han/ha quitado. El embarazo: ¿para no pensarlo? El deseo femenino sumergido y afectado emerge pese a que la fantasía -que no es exclusivamente masculina- de la sujeción a través de la maternidad todavía sigue viva, y en muchos casos es un hecho más bien contundente. Pero cada vez más también la maternidad se manifiesta como un evento psíquico,  con toda la complejidad y la inversión emocional que eso puede demandar, y eso complejiza esta experiencia que forma un hilo de una trama mayor, y que la subvierte.

 

La decisión femenina, cuyas historias empiezan a escribirse/ grabarse/ fotografiarse, -tal como lo hace la artista- luce clandestina, criminal, infernal. ¿Nos la tragamos?

 

Cortar en pedacitos a una “wawa” para luego engullirla, al mismo tiempo que se mira a sí misma para luego mostrarse, recuerda a Cronos devorando a sus hijos, y a varios personajes de la mitología grecorromana. Sólo que en este caso más pulcramente, la mujer invita al mundo, al visceral, al oscuro. Las asociaciones son libres y múltiples. El objeto en cuestión es digerido, habita y transforma el orden interior.  Individualiza.

 

Así, en esta creación se transita por las definiciones desde la autoridad, que a través de múltiples relatos son convertidas a la autoridad de las mujeres.  Y las historias personales vuelven a contarse, remitiendo a familiares voces del pasado que se rescatan. Observamos con la autora la fundación de formatos, los ensayos que renuevan versiones sobre el sí mismas, probando perspectivas para lo inabarcable. Inabarcable en el sentido del sin límites que reclama la opinión. Y esto parece ir más allá de una exigencia cuantitativa: la variedad de los registros inventados por la autora, y sus formas de entrelazarlos, que nos competen a todos, tampoco se detienen en un punto del tiempo. Procesos internos y corporales, presionados por tantas interrogantes, burilan una historia circular, que no deja de dictarse como tantos textos femeninos. Pero el relato esta vez no ha sido confiscado.

 

Maria Emma Mannarelli