“Without deviation from the norm progress is
not possible”
(“Sin desviarse de la norma
el progreso no es posible”)
Frank Zappa
Cuando María Luisa Manrique de Lara,
virreina de Nueva España, le pregunta a
sor Juana Inés de
Durante los milenios que preceden esta
historia, y los siglos que nos separan de ella, la reproducción biológica de
nuestra especie ha pasado por el cuerpo de las mujeres, pero casi nunca la
decisión de seguir o no poblando el planeta –cuántas veces a nuestra costa-, ha
estado en nuestras manos. Cuando ha parecido estar, una especie de monstruo
arcaico que se disfraza con éxito, convierte a una mujer que pretende desviar
su destino en una “vegetal”. Otra que pretende lo mismo a los 67 años también
refracta lo que todavía no se puede elaborar. Pero la propuesta de Natalia Iguiñiz Boggio ordena, creando el
espacio para hacerlo. Y las prescripciones ancestrales se desdibujan sin
abandonar su dramatismo.
El pronunciamiento estético de la autora
actualiza las fronteras de la historia de las mujeres, recuerda el atavismo de
la especie, y advierte y publica cómo hemos empujado los límites, e imaginado
la libertad, rozándola. Y así, sin que desaparezca la ambivalencia, el mandato
ajeno puede ser mejor identificado, aunque no existe solo. Allí estamos
nosotras.
Según infinitas razones -edad, ingresos,
compañía, historias personales, tecnologías reproductivas, orientaciones,
gustos e identidades sexuales, asistencia a las aulas, -las mujeres estamos más
o menos cerca de animarnos a criar. Porque las madres no siempre han criado, ni
la maternidad ha sido un ingrediente de la definición de lo femenino por
naturaleza. Hoy mismo, con una frecuencia que incomodaría reconocer, en las
escuelas rurales, niñas dejan la primaria recién iniciada para no volver más al
aula y criar a la prole de sus padres. A lo largo de los siglos, ciento de
miles de mujeres recién paridas consiguieron nodrizas que se encargarán de
amamantar a su descendencia. En muchas regiones del occidente cristiano, lactar
a los recién nacidos fue un rasgo que acercaba a animales de escala inferior,
por lo que muchos grupos trataron de evitar el trance. En general, la alta
mortalidad materna e infantil ponía en cuestión, y lo sigue haciendo, lo
irrevocable presunto del lazo.
La crianza ha sido por mucho tiempo un
empeño colectivo, y el énfasis en el vínculo entre madre y descendencia es
reciente, y quizás efímero. Pero lo que sí ha sido persistente es la necesidad
de controlar los mecanismos de la reproducción, y aquí las negociaciones han
pasado por las urgencias del paterfamilias
–cómo manejar la permanencia del linaje, la cuestión hereditaria, ya sea unas
cuántas cabras o una hacienda con decenas de esclavos- y los apuros del Estado:
costo fiscal de niños abandonados, inestabilidad política, escasez o abundancia
de fuerza de trabajo, futuros miembros del ejército y la defensa de las
fronteras territoriales. La construcción del “ángel del hogar”, haciendo juego con el estado nación burgués,
exigió cerrar la casa, redefinir sus muros y descarnar a las mujeres. Un afán
cuyo logro toma siglos. Desexualizadas podían combatir la mortalidad infantil,
pero el acceso al alfabeto, condición para ostentar el supuesto cetro
doméstico, nos acercó al erotismo de la novela y a la exigencia del sufragio.
¿Qué tienen en común estas épocas tomadas
al azar? La opinión de las mujeres casi no se nota. La autora nos lleva a
preguntarnos si ésta existió, sobre las formas que pudo tomar. Difícil la
decantación en medio de tanto secreto, de tanto en juego. Ocurre que en la
reproducción se encarnan ansiedades de Estados y patriarcas. La reducción
gradual del poder omnímodo del padre sobre la unidad doméstica coincide con el
aumento del volumen de las opiniones de las mujeres en el espacio público. A
esto acompaña la inédita y paulatina disociación entre sexo, maternidad y
muerte gracias a la difusión de la anticoncepción, -la penicilina también
ayuda, aunque no a todas- que no se entiende sin proyectos de mujeres y sin
declinación del gregarismo familiar.
La mujer ha perdido la cabeza, se la
han/ha quitado. El embarazo: ¿para no pensarlo? El deseo femenino sumergido y
afectado emerge pese a que la fantasía -que no es exclusivamente masculina- de
la sujeción a través de la maternidad todavía sigue viva, y en muchos casos es
un hecho más bien contundente. Pero cada vez más también la maternidad se
manifiesta como un evento psíquico, con
toda la complejidad y la inversión emocional que eso puede demandar, y eso complejiza esta experiencia que forma un hilo de una trama
mayor, y que la subvierte.
La decisión femenina, cuyas historias empiezan
a escribirse/ grabarse/ fotografiarse, -tal como lo hace la artista- luce
clandestina, criminal, infernal. ¿Nos la tragamos?
Cortar en pedacitos a una “wawa” para luego engullirla, al mismo tiempo que se mira a
sí misma para luego mostrarse, recuerda a Cronos devorando a sus hijos, y a
varios personajes de la mitología grecorromana. Sólo que en este caso más
pulcramente, la mujer invita al mundo, al visceral, al oscuro. Las asociaciones
son libres y múltiples. El objeto en cuestión es digerido, habita y transforma
el orden interior. Individualiza.
Así, en esta creación se transita por las
definiciones desde la autoridad, que a través de múltiples relatos son
convertidas a la autoridad de las mujeres.
Y las historias personales vuelven a contarse, remitiendo a familiares
voces del pasado que se rescatan. Observamos con la autora la fundación de
formatos, los ensayos que renuevan versiones sobre el sí mismas, probando
perspectivas para lo inabarcable. Inabarcable en el sentido del sin límites
que reclama la opinión. Y esto parece ir más allá de una exigencia
cuantitativa: la variedad de los registros inventados por la autora, y sus
formas de entrelazarlos, que nos competen a todos, tampoco se detienen en un
punto del tiempo. Procesos internos y corporales, presionados por tantas
interrogantes, burilan una historia circular, que no deja de dictarse como
tantos textos femeninos. Pero el relato esta vez no ha sido confiscado.
Maria Emma Mannarelli