MTP

Es significativo que en estos postmodernos tiempos el interés por la clásica imagen de la prostituta –paradigma cultural de la modernidad, de la penetración del capital en los recodos más íntimos de la experiencia humana– haya derivado hacia la del travesti como figura emblemática de alteridad: casi una alegoría de la mutación permanente de identidades inasibles que sería el signo carnal de nuestros tiempos. No las oposiciones distintivas sino, como diría Baudrillard, la reversibilidad seductora. La feminidad asumida como principio de incertidumbre. La seducción como estrategia de las apariencias. El maquillaje como puesta en duda de las equivalencias de sentido, de la representación misma. (“Seducir es morir como realidad y producirse como ilusión”, Baudrillard dixit).

Contra lo que se suele suponer, sin embargo, el travesti no implica entre nosotros la irrupción de una presencia nueva, sino la emergencia destellante de algo siempre existente pero subterráneo y oscurecido. Tras el sobregiro de rutilancias en la actual explosión de travestismos asoman compensaciones no sólo sexuales (fantasías de castración reparada) sino también históricas: la necesidad impetuosa de salir del closet, exponerse a la luz, sacar los trapitos al sol. Soltarle la trenza a esa historia con frecuencia encorsetada –y oculta cual limeñísima “tapada”.
El museo travesti de Giuseppe Campuzano introduce un inusitado filo crítico en esa vocación desesperada por el exceso. Un calmo rigor que trasciende los ya convencionales cuestionamientos a las convenciones sexuales de otrora. En su agenda política la idea ya trillada del deseo se radicaliza por la fulgurante necesidad subversiva de Ciudadanía, ese otro gran Deseo reprimido nuestro.

El resultado es una recopilación distinta y una reescritura aguda de nuestra historia y de sus representaciones, de sus escritos y de sus miradas. El incisivo rescate del otro lado, lo otro latente en la sexualidad literalmente embozada de las imágenes. Desde los ceramios prehispánicos hasta los impuros pinceles de nuestros más jóvenes pintores. Y el DNI travestido del expositor mismo.

La transgresión de género se ve así potenciada por otras tal vez más inquietantes.
Contra los facilismos de la historia general, Campuzano propone una historia crítica del arte y sus representaciones. Una historia-problema que selecciona y analiza sus objetos y temas desde preguntas puntuales y perturbaciones específicas.
Contra la museología como una de las variantes de la asepsia, Giuseppe levanta un reto nuevo a la idea misma del museo en el país. Ya no la cámara de tesoros o la acumulación de curiosidades, estéticamente descontextualizados, sino el reordenamiento crítico de una visualidad conocida pero generalmente ignorada en la complejidad profunda de sus sentidos y quiebres.

En sus fantasías. (También la ilusión es poder).
Gustavo Buntinx / Susana Torres
MICROMUSEO

(“al fondo hay sitio”)













Un personaje postrado cuya indumentaria, (Manuel Arboleda “Representaciones Artísticas de Actividades Homoeróticas Moche”, 1981) tocado felino, taparrabo, rodillera y cinturón de serpiente, revelan como masculino, añadiéndole esta última junto al colmillo de felino, una cualidad sobrehumana. El segundo personaje boca arriba luce también taparrabo y rodillera a la vez que trenzas, de asociación femenina. Esta combinación de características masculinas y femeninas da pie a la tesis de que se trate de un berdache.

Ampliado ya el cuadro, cópula y preparación de una sustancia alucinógena en pos del éxtasis, señalan el tenor mágico-religioso de una escena, la cual remite directamente al dato etnográfico que Pedro Cieza de León brinda. El travesti detentor de la conexión con lo sobrenatural.

Un travesti acicala a su congénere asistidos por un diversidad de imágenes tutelares, recortes de revistas y padres acéfalos incluidos, confrontando su promocionado unisex a una identidad yuxtapuesta.

Inconmensurabilidad que el reflejo recíproco pone en entredicho. El terapeuta, ya cósmico ya cosmético, que subsiste.

















Huaco-retrato moche único entre un conjunto de quinientos (Ann Marie Hocquenghem "Un "vase portrait" de femme Mochica", 1977) cuyas trenzas y collar le asignan un sexo de mujer cuando es nuevamente enfrentado al resto, del todo masculino. Además el supuesto de que se trate de una curandera, ante sus numerosas representaciones en la cerámica mochica, conducen a plantearse si éste corresponda realmente a una mujer o, siguiendo una constante del chamanismo en América del Sur, se trate de un hombre travestido. Esa extraña expresión facial y particular maquillaje podrían reinterpretarse entonces como los correspondientes al shaman desempeñando el elevado cargo social que la sociedad moche le confiere.

Patria de sustancia mutante, uno de doce apóstoles candidatos a una presidencia que inalcanzable se hace fetiche. Convocatoria que marca y cual haybinto se lanza como marginación y recupera ya asido al soporte restaurador de un falo que la prohibición ha amputado.

Libertad que en abundante detalle, testimonia el fin de una era de silencio. Multiplicándose en guía, bandera, aun hilándose, y pueblo por reunir.

Trinidad henchida de un poder otro, fruto de su eterna seducción.
















“El mundo andino ubicaba el mundo masculino en la parte superior derecha y el mundo femenino en la parte superior izquierda. En la parte inferior derecha estaba lo masculino femenino y en la parte inferior izquierda lo femenino masculino. La parte inferior corresponde a la ambivalencia… Estas categorías son aplicables al mundo pre-inca y al inca inclusive… Moche ubicado en el Chinchaysuyo figura en el cuadrante que correspondía al mundo de los muertos, al mundo de abajo. En la cuatripartición es el es el cuadrante inferior derecho, o sureste, tomándose el Cusco por norte.” (Oscar Ugarteche “Historia, sexo y cultura en el Perú”, 1989)

Dicha ambivalencia guarda relación directa con culturas cuyo calendario agrícola determina su visión del mundo, manifiesta en el hermafroditismo propio a los dioses de sus teogonías, donde la pacha es un todo interconectado, ya en la cuatripartición señalada, ya en la tripartición, hanan, kay y urin, relevando el esquema vertical por las nociones de esfera y cilindro, respectivamente.



















“Manco Cápac y sus ayllus habitaron el Cusco bajo y su morada fue el templo de Indicancha, mientras que los seguidores de Auca se afincaron e instalaron en la mitad de arriba o hanan. La división por mitades tiene, en su contexto, un sentido de género y comprende una oposición y una complementariedad entre los bandos de Hanan y Hurin. Garcilazo de la Vega confirma ese criterio al decir que los hermanos mayores poblaron la parte alta, mientras que los seguidores de la "reina" eran hermanos segundos y poblaron Hurin Cusco.

A través de las noticias de Garcilazo tendríamos que los varones de Hanan eran masculinos/masculinos, y los de Hurin masculinos/femenino.” (Maria Rostworowski de Diez Canseco “Historia del Tahuantinsuyo”, 1995)

A pesar de que durante la elaboración de “El Primer Nueva Corónica i Buen Gobierno” las plumas habían pasado de señalar una naturaleza divina a describir peyorativamente lo femenino y salvaje, Guaman Poma retrata a Manco Capac, primer inca de la dinastía Hurin, ostentando sendos suntur pawqar emplumados. Rastro plástico que evidencia la oposición entre texto e imagen tanto como su complemento. Ensayo que fuerza la intersección de paradigmas en pos de la reivindicación y viñeta que legitima la insignia que el autor se fabrica, donde halcón (waman) y puma (poma) remiten al Chinchaisuyo, ese “mundo de abajo” que junto al inca retratado, comparten.

Entonces una nueva transfiguración de ese waman acaece cuando la pintura cuzqueña traduce ángeles apocalípticos en arcángeles guerreros mientras esas plumas, cual rayos del Sol, perduran.



















Ciertas danzas asociadas a la cosecha preservan aún hoy uno de sus rasgos característicos: el cuerpo masculino investido en el traje del género opuesto, como parte de los ritos de inversión que celebran el trance hacía un nuevo círculo en el espiral de la cosmovisión prehispánica. Oposición que es complemento.

Con la conquista eso complementario se pierde y la danza ya no es más que espectáculo, resultando en la tullida interpretación satírica que Pancho Fierro ilustra con su “Día de la Vieja”, donde tanto lo travestido como la senectud son cercenados en una interpretación peyorativa. Pero la merma de significado no es la de su encanto y él hoy hecho artístico, se reafirma en patrimonio cultural del Perú como sucede con la Tunantada jaujina.






















Durante su estancia en el Perú a inicios del siglo XIX, Leonce Angrand plasma una escena de calle cuyo epígrafe reitera la curiosidad atenta de quien describe para proponer, al igual que con sus reseñas arquitectónicas, la posibilidad de la restauración de aquello que no hemos sabido apreciar.

La mirada del extranjero consciente de su circunstancia de exótico; la de otro que un siglo atrás anónimamente ilustrado, impreca sobre el mismo ethos y aun así provee el dato etnográfico: el concepto de carnaval; la del originario exotizado que responde de la misma manera ante su exotizante, teatralizándolo en sus danzas.

Es ese el triángulo que Angrand nos brinda, mudo pero estabilizador.



























Hace poco más de un año hice un viaje al pueblo de mi padre, Muquiyauyo; ya en su plaza principal inmerso en esa música terapéutica, con el castillo a punto de dispararse, las cintas en busca de padrino y el gran árbol ataviado para la ocasión, es que experimento mi doble proveniencia, esa otra mitad esencial que a lo largo de treinta y tres años mi inconsciente había ignorado. Tomo la cerveza que se me tiende y me dispongo a bailar enlazado al pueblo del que al fin soy parte.

Concluido el carnaval y ya devuelto a mi orden, continuo con mi trabajo el cual no vuelve a ser el mismo. Pagapu por la recuperación de espacios arrebatados; trenza que carda la etiqueta siempre insuficiente; autorretrato “mestizo”, mácula de la estampa religiosa; círculo donde la fragmentación del ser contemporáneo y la promesa andrógina de su restitución, se yuxtaponen; mi edipo y su parálisis, entre la simbiosis y el destete.

Este Certamen comienza a librarse durante la búsqueda de la galería adecuada para un proyecto que no lo era, cuando ya al interior de este museo de sitio observo desfilar a los héroes y sus símbolos que bajo distintos soportes revisten el recinto. Es cuando ese ser que convive en mí se permite preguntarse porque no plasmar su historia: la historia del peruano travestido.

De la concepción siguen las pesquisas que tienen como resultado una impronta plástica y documental que pugna por vislumbrar un hilo conductor. Él cual intuyo nunca encontraré en la estructura masculina de producción, la “investigación” como he venido manejándola, sino que es inherente a una metaestructura: la seducción femenina, y el poder que su investidura ejerce en y otorga a ese sujeto masculino que transita entre los géneros.

Los hallazgos pueden agruparse en dos bloques generales. Uno que contiene los periodos de colonia y república, cuya ética discuto pero heredo. El otro, lo que podríamos denominar “extremos”, las piezas prehispánicas, con su dosis de idealización e inconmensurabilidad, enfrentadas a una producción muy reciente donde el travesti se restaura como protagonista, manifiesto de una revolución no sólo estética. He aquí dos conceptos que pautan todo el muestrario: la mirada y el círculo.

El texto ha venido a constituir otra de sus aristas. La crónica y el documento legal, textos que la hermenéutica despliega una vez más para obtener el dato etnográfico. Argumento que avala, imagen y nuevamente texto, esta vez literario, con su profusión de símbolos.

Un espacio dominado por reproducciones que aluden a ese otro sitio donde la museística no camufla sino es travestida. Certamen donde emperifollarse para el concurso es alistarse para la batalla por la ansiada banda de la ciudadanía; el travesti, transcurriendo de la página policial al museo, una batalla que solo ellos pueden librar: la vedette como soldat.
La recuperación del campo semántico de un denominativo, que gira de una lisiada oposición al complemento que equilibra, eterna metamorfosis desde un Perú como ausencia hacía su construcción y contraconquista. El retorno de un inkarri que no ha parado de viajar subterráneo, y llega, para conciliar esas dos mitades que transcurren paralelas al interior nuestro.
Giuseppe Campuzano